lunes, 5 de diciembre de 2016

Arrastrando la Venera. Un Camino de Santiago sobre Ruedas

Capítulo 1
Rumbo a las estrellas
Madrid. 29 de junio de 2015.
Siete y veinticinco de la mañana y, como siempre, llegué apurado a la salida del tren en Atocha. Me paró el interventor y los controladores de billetes que no me permitían acceder al andén. Les expliqué que a la bici le quitaría la rueda delantera en el andén y la metería en su funda pero que si lo hacía allí arriba no podría bajarla pues también debía llevar las alforjas. Nanay. “Además, el acceso se cierra ya, el tren va a partir”- sentenció el interventor.
La historia podría comenzar aquí pero este no es más que un episodio. En realidad comenzó unos meses antes, cuando se me cruzó por la mente la idea de realizar el Camino de Santiago en bicicleta y ya se sabe que cuando se cruzan intención y oportunidad no queda más que elegir el medio y se produce la realización.
Finalmente hube de sacar un billete nuevo para el siguiente tren con destino a Pamplona (11:35 horas). Entretuve el tiempo en rascarme los tobillos como un babuino y en exponer, obviamente no a la vez, mi queja por escrito por el incidente con el interventor para intentar lograr un reintegro del precio del billete. Haraganeando un rato en la cafetería de la estación, sin perder de vista la bici, deambulando un poco ante las puertas de acceso a los andenes y, sobre todo, soñando con el viaje previsto, el tiempo se fue pasando como pasa un anciano del sopor a la melancolía, tranquilamente.
El interventor de este nuevo tren era un tipo amable y concienzudo. Entre los dos colocamos la bici dentro del tren de forma que no molestase ni impidiese el paso hacia las puertas en caso de urgencia. Una simpática azafata (o camarera, o auxiliar de tránsito o como sea que se denominen) me hizo más llevadero el viaje dándome palique. Aunque estaba preocupado, en principio, por no saber si me daría tiempo a llegar a la Estación de Autobuses de Pamplona para enlazar con el bus de Roncesvalles, rápidamente me quité tan molesto pensamiento de la cabeza haciendo uso de mi llave mental favorita: “todo saldrá bien, como siempre”.
Y así fue. Tardó el tren 3 horas en llegar a destino por lo que eran casi las tres de la tarde cuando llegamos a Pamplona. Montando la rueda delantera y las alforjas inicié el ascenso desde la estación ferroviaria hasta la estación de autobuses, en lo alto de la ciudad. Estas primeras pedaladas bajo el calor de las tres de la tarde, bordeando el parque de la Taconera, cuesta arriba, me enseñaron a no tener prisa y buscar la sombra en mi propia sombra. La moderna estación de autobuses de Pamplona con sus múltiples muelles, escaleras mecánicas y ascensores me acogió. Pude comprobar, en primer lugar, que la ventanilla de la empresa Artieda, que cubría el servicio a Roncesvalles, abriría para la venta a las cuatro de la tarde. ¡Genial!
Hasta las seis de la tarde no saldría el bus por lo que me di una vuelta con la bici por los alrededores. Llegada la hora, me dirigí al andén en el que entablé conversación con una valenciana, Celieta, que también haría el Camino en bici. Ayudamos al conductor a meter las bicis en el maletero del bus que, aunque bregado en ello, siempre lo agradece y salimos rumbo a las estrellas.
La conversación en el bus me demostraría lo diferentes que eramos Celia y yo como bicigrinos: ella planteaba el Camino desde una óptica muy viajera e independiente, portando un hornillo para prepararse la comida y exponiendo la poca necesidad que sentía por dormir a cubierto. Yo, sin embargo, tenía la intención de comer donde me asaltase el hambre, beber donde tuviese sed y dormir allá donde hubiese un techo y una ducha disponibles. Soy así, un sibarita.
Al llegar a Roncesvalles, conocimos a un sevillano, Javier, que llevaba también montura y la misma intención que nosotros. Guardamos las “mulas” y tomamos plaza en el albergue de peregrinos, además de poner nuestro primer sello en la Credencial de Peregrino. Tras una ducha más reconfortante por el calor del día que por el cansancio y una vuelta de reconocimiento por los alrededores, cenamos Javier y yo con unas peregrinas japonesas muy simpáticas. En los albergues se impone un horario que parece espartano (a las 10 de la noche cierre; a las siete de la mañana ya casi está vacío) pero pronto te acostumbras e incluso lo entiendes como el más adecuado. Pese al cambio de actividad respecto a mi vida diaria, a la temprana hora en que me fui a dormir, a la cantidad de estrellas que cuajaban el cielo, al volver a dormir en multitudinaria compañía,...pese a todo, dormí de un tirón.


Capítulo 2
Son gigantes, amigo Sancho
Roncesvalles (Navarra). 30 de junio de 2015.
A las 6 de la mañana aquello era ya un hormiguero. El ajetreo de aquel ejército preparando la marcha contrastaba con los que simulaban, estoy seguro, dormir. No tardamos Javier, Celia y yo en estar listos para comenzar la ruta y junto al indicador kilométrico de Santiago, 790 kilómetros, nos hicimos la foto pertinente. Desayunamos en el pueblo siguiente (Auritz-Burguete), a apenas tres kilómetros, rodeados de una multitud políglota de caminantes. Pronto se haría la presencia de peregrinos a pie menos abrumadora conforme fuéramos avanzando aunque siempre hay que ser cauto pues el Camino debe ser compartido. Al acabar el desayuno me percaté de que no tenía la Credencial y decidí regresar a Roncesvalles, despidiéndome de mis nuevos amiguetes. Al llegar al albergue le expliqué a una voluntaria el suceso y me acompañó hasta el dormitorio comunal para que buscase. No estaba allí y la voluntaria, con acento del norte de Europa, me ofreció una Credencial nueva totalmente gratis, gesto que agradecí infinitamente. Tras ello, reinicié el Camino con cierto retraso, pero con muchas ganas, prácticamente a las ocho de la mañana.
Crucé Burguete con moderada ansia y me dirigí hacia Espinal a través de algún arroyo y una cuesta corta pero muy empinada y, atravesando el pueblo, continué el trazado tradicional hacia Lintzoain escalando el alto de Mezquiritz, de poca importancia pero sombreado de hayas, y llegando al mismo Bizkarreta. Aquí paré en una fuente que hay en una placita para beber y reponer agua fresca. Rápidamente continué hacia el alto de Erro pasando por Lintzoain. Su ascenso por una cuesta pedregosa, muy suelta, puede ser peligrosa por lo que empujé la bici buena parte de ella. Una vez llegado arriba, junto al camino, aparece el cenotafio de un peregrino japonés. Podría haber parado un momento y pensar en lo efímero de la vida, en la inmensidad del universo pero ¡qué narices! aún quedaban muchos kilómetros por delante. El descenso hacia Zubiri puede ser muy peligroso si no se afronta con precaución: gravilla, rocas apuntadas, puertas,... En medio de una rampa de bajada recibí una llamada. Era Javier, el bicigrino sevillano, quien había iniciado el viaje con Celia cuando me volví a Roncesvalles. Me decía que me esperaba en Zubiri, junto al puente de la Rabia pues tenía ¡¡¡mi Credencial!!!.
En efecto, junto al puente esperaba Javier quien me contó que cuando Celia y él iban a sellar allí, en Zubiri, había aparecido mi Credencial junto a la suya. Me explicó que, seguramente, cuando sellamos por la noche, entre el lío de los papeles de información de albergues, hoteles y restaurantes que recabamos, “que si toma este”, “de este otro no tengo”... Bueno, pues eso. Al menos la tenía ya conmigo. Nos tomamos una cerveza en Zubiri y me contó que Celia había seguido adelante.
Salimos de Zubiri, volviendo a cruzar el puente de la Rabia por un sendero muy agradable, con pastos a derecha e izquierda. La única pega es la masiva presencia de una empresa dedicada a la extracción de magnesita a la salida de Zubiri. Los caminos son tranquilos y los pueblos que se atraviesan también (Ilarratz, Eskirotz, Akerreta, Zuriain, Irotz), además de bonitos con sus casonas de grandes portalones. Pronto llegué al cinturón industrial de Pamplona: la Trinidad de Arre, Villava y Burlada, antesala de la capital navarra. A Javier lo dejé unos kilómetros atrás pues decidió seguir por carretera y yo quería continuar el camino. Como tenía hambre y ya era hora, paré a comer junto al puente de la Magdalena, entrada tradicional a los pies de la muralla de Pamplona.
Poco después, rehabilitadas las fuerzas y con nuevos ánimos, con 45 kilómetros cumplidos y otros 24 por delante, atravesaba la muralla de Pamplona a lomos de mi mulita, como llamo a mi bici. Siguiendo la estela de conchas sobre el pavimento, rápidamente alcancé el ayuntamiento y enfilé por la calle mayor. Al final de esta, otro ciclista con bici de carretera me pidió la bomba de inflado pues tenía la rueda floja. Por supuesto se la presté y tras el hinchado me invitó a un café que agradecí. Enfilé de nuevo hacia la Universidad de Navarra, rumbo a Cizur menor, al otro lado del Sadar y encastillado tras una larga cuesta que, con el calor, parece eterna. Encontré un parque que me invitaba a voces a quedarme un rato sentado, a la fresca sombra mientras planeaba la conquista del Alto del Perdón. Un momento más tarde vi aparecer a Celia al otro lado del parque. ¡Vaya, pensé, al final les he rebasado! Charlamos un rato y me contó que Javier va por delante, camino ya del Alto y que ella saldrá inmediatamente. Yo le confirmé mi intención de reposar un rato y continuar más tarde. Nos despedimos y nos deseamos ¡Buen camino!
A los diez minutos, salí yo también. Buscando la sombra de cualquier pequeño árbol, fui realizando paradas bajo el sofocante calor de la tarde del 30 de junio. En una de las paradas, conocí a Juan, un malagueño que estaba en tránsito igualmente. Nos pusimos en marcha y, haciendo varias paradas, llegamos a Zariquiegui. Nos refrescamos en el bar del pueblo donde también nos informan de que tanto Javier como Celia no nos sacan demasiada distancia. No es una carrera, como podéis comprender, sino que cuando se va conociendo gente es bueno tratar de interesarse por su bienestar. Para ello, además, estábamos comunicados por Whasap. Continuamos hacia el Alto del Perdón con el majestuoso indicativo que hacen los molinos eólicos y lo alcanzamos, al Alto me refiero pues del perdón ignoro hasta la ofensa. Nos hicimos unas fotos con la procesión escultural dispuesta en el Alto que conmemora el milenario camino.
En Zariquiegui, el dueño del bar donde tomamos el refrigerio, nos indicó que la bajada hacia Puente la Reina era mejor, más cómoda y menos peligrosa por la carretera que desde el Alto parte hacia la derecha y no por el camino tradicional, muy pedregoso y que pondría en peligro nuestra seguridad dado lo cargados que íbamos. Y seguimos su consejo. El descenso hacia Puente la Reina fue una de las llegadas memorables de todo el viaje. Tras hospedarme en un hotel a la entrada de Puente la Reina, revisar el estado general de la mulita, darme una buena ducha y tomarme dos buenas cervezas a la sombra de una casa del árbol, cené bastante bien y dormí como si no hubiera de llegar el día. Los 72 kms recorridos el primer día se cobraron su propia cuenta.


Capítulo 3
Puentes, viñas y piscinas
Puente la Reina (Navarra). 01 de julio de 2015.
Muy temprano comenzamos a preparar el segundo asalto Juan y yo. Tras un desayuno bastante completo, enfilamos por la calle del Crucifijo con sus troneras de las guerras carlistas para continuar por la calle Mayor, arteria principal de la señorial villa de Gares (Puente la reina) topándonos con Javier, quien también pernoctó en ella. Cruzamos juntos el formidable puente románico que da nombre a la villa y, tras unas fotos, tomamos rumbo hacia Mañeru y Cirauqui junto al convento. Antes deberíamos superar una cuesta importante por su fuerte inclinación pero ya en lo alto podríamos ver Mañeru. En él nos abastecimos de agua fresca en la fuente principal del pueblo y continuamos hacia Cirauqui por una senda que lomea entre viñas.
Apareció Celia mientras comíamos algo bajo el arco de entrada a la villa de Cirauqui, junto al que hay una tienda, y del que parte una calle en fuerte ascenso hacia el centro del pueblo. Al lado derecho del arco hay una estela funeraria referida a Don Martín de Yriarte, con una cruz de Santiago y escudo cuartelado con estrellas y tréboles. Celia partió en primer lugar y ya no la volveríamos a ver aunque si sabríamos de su caminar vía whasap. Tras ella salió Javier y apenas diez minutos después, sosegadamente, partimos Juan y yo. La salida del pueblo por una vía romana no puede ser más apoteósica aunque si menos peligrosa pues está bastante deteriorada. En el fondo de un pequeño valle, cruza al regato de Igauste sobre un puente de traza tan romana como deteriorada. Cruzamos una bici tras de la otra, ayudándonos mutuamente, tras lo que pedaleamos rumbo a Lorca por campos verdes de pámpanos.
Pronto alcanzamos Lorca entrando por su calle Mayor, longitudinal, vertebrando la villa, hasta donde un nutrido conjunto de peregrinos pedestres se agolpan en la calle. No es ni más ni menos que la presencia de dos bares, uno frente a otro, la que concita tal profusión romera. Allí encontramos de nuevo a Javier. Café con leche y llenado de cantimploras en la fuente de la plaza del pueblo que surte de una fresca y cantarina agua que dice “Bébeme, bébeme” incluso a los inaudientes y que, sin embargo, luce un cartel de agua no potable, explícito, mortificante. Hay por allí un anciano con el aspecto necesario para saber más sobre el pueblo y su territorio que todos los encargados del Catastro. Le pregunté sobre la conveniencia del cartel y me contestó que sí se puede beber, que el lleva toda la vida haciéndolo, lo único que es agua directa del manantial, sin tratamiento ninguno por lo que el ayuntamiento se cubre las espaldas en caso de algún problema intestinal por ingestión. Le damos las gracias, llenamos las botellas y continuamos camino hacia Villatuerta.
Tardamos muy poco en llegar a la patria de san Veremundo y menos en cruzar el puente románico sobre el Iranzu camino de la estatua del santo, al pie de la iglesia de la Anunciación, que comparte patio con una pila bautismal y un sarcófago antropomorfo. Al poco, ya estábamos de nuevo pedaleando camino de Estella. En esta última, villa de hermoso puente, palacio real e iglesias imponentes, sellamos en la Oficina de Información sobre las once de la mañana y continuamos. Nos separamos de nuevo pues necesito un cajero para extraer dinero metálico y no quería hacer perder el tiempo a nadie. Ya les cogeré. Y así es, pues en Irache volví a encontrar a Juan que me esperaba junto a la famosa fuente del vino en las bodegas junto al monasterio del s.XI situado en las faldas de Montejurra. Seguimos, a través de Azqueta, rumbo a Villamayor de Monjardín por bosque mediterráneo y cultivos de cereales.
Desde Azqueta se puede contemplar el castillo de Monjardín, enclavado en un arriscado promontorio. A sus pies se encuentra la Fuente de los Moros, aljibe medieval y a unos 800 metros Villamayor de Monjardín con las faldas del cerro donde se enclava cubiertas de vides. La salida del Camino desde Villamayor es cuesta abajo aunque debe llevarse precaución pues cuenta con escalones que no permiten que el terreno sea arroyado con alguna tormenta. El camino hasta Los Arcos es monótono y bajo el calor del mediodía parecíamos más bien vaqueros en un western que peregrinos hacia Santiago. Alcanzamos finalmente Los Arcos donde Juan decidió quedarse a dormir. Comimos juntos y pregunté al camarero si hay una piscina municipal, lo que este me confirmó. Hacia allá, tras la comida, dirigí mis pasos aunque me surgió un dilema pues no podía dejar la bici y las alforjas a la vista así que pregunté a una chica muy amable que se encontraba en la puerta. Ésta me dijo que la bici no la podía meter pues cualquiera del ayuntamiento podría echarle la bronca por ello pero que si la dejaba atada fuera y metía el equipaje en un cuartito que tenía allí mismo yo podría darme un baño más a gusto. Y así se hizo. Hay gente amable por todas partes. Tras el baño le invité a un refresco y charlamos largo y tendido. Ya más fresco, continué hasta Sansol y Torres del Río, donde pernocté no muy lejos de la octogonal iglesia del Santo Sepulcro. Sólo cayeron ese día 51 km pero creedme si os digo que el agua de la piscina de Los Arcos estaba en su punto.


Capítulo 4
Pontífices y trogloditas
Torres del río (Navarra). 02 de julio de 2015
Tras el desayuno me dispuse a dejar Torres del río cuando descubrí que tenía una rueda pinchada. Hinché la cámara y en un lavabo del albergue comprobé la localización del pinchazo. No lo encontré y la cámara parecía intacta. Un vecino con el que estuve charlando la tarde anterior, muy madrugador, me indica que por la zona hay unas plantas, como abrojos, que pinchan las ruedas con un agujero tan sutil que apenas pierde. A él le ha pasado en varias ocasiones. Comprobé la cubierta que estaba limpia de pinchos. La cámara ya tenía muchas reparaciones por lo que decidí comprar una nueva en cuanto tuviera ocasión y, aunque llevaba otras dos de repuesto, monté la cámara “aparentemente” intacta. Torres del río es un pueblo paradójico en el que el Camino de Santiago entra por la vega, abajo, cubierta de huertos, de vida, y se sale de él por el cementerio, la muerte, en lo alto del pueblo.
El Camino va trazando sus sinuosidades a la par de la cercana carretera comarcal y en una de ellas me encontré al bueno de Juan quien había madrugado lo suyo ese día. Descendimos a pequeños vallejos y ascendimos lomas hasta que pudimos ver Viana recortada hacia el oeste. Subimos a la villa y penetramos en ella a través del portal de la Trinidad, llegando a la plaza del Coso. Continuamos por la rúa de Santa María y desayunamos, de nuevo, en la terraza de un bar en la plaza de los fueros, entre el Ayuntamiento y la iglesia de Santa María.
En la ruina consolidada de la Iglesia de San Pedro hice unas fotos antes de abandonar Viana y tomar rumbo hacia Logroño, ya visible a lo lejos. Entre huertas y casas de campo avanzamos por la campiña, si no riojana administrativamente si en cuanto a geografía. Junto a la Papelera del Ebro se encuentra el mojón del límite provincial con un escueto “Provincia de Logroño” tallado. La llegada a Logroño es muy suave, a través de un andadero asfaltado. Antes de cruzar el famoso puente de piedra descubrí una tienda de bicis, “Veni, Vidi, Bici”, cuyo nombre me hizo gracia y compré una cámara nueva. La que llevaba montada ya había dado lo suyo y, aunque perdiendo poco a poco, había resistido hasta allí. Me acordé del amigo de Torres del río.
Cruzamos el puente de piedra sobre el Ebro, cuya obra primitiva construyeron los “pontífices” Santo Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega en el s.XI, y ya en Logroño me despedí de Juan, quien allí terminó su Camino, no sin antes tomarnos unos vinillos en la archiconocida calle Laurel. Enfilando de nuevo la ruta, me dirigí a través de una carretera flanqueada de cipreses con un ambiente muy romano, hasta el embalse de la Grajera, área de recreo de la capital riojana. Tras un repecho corto pero exigente, y aunque eran las dos de la tarde, disfruté de unas hermosas vistas con vides en primer plano, el bosquete que rodea el embalse en plano medio y, al fondo, la capital riojana. En este momento decidí seguir hasta Santo Domingo de la Calzada.
Para ello debía pasar primero por Navarrete, lo que me llevó una hora bajo el sol de un mediodía en pleno mes de julio. Paré en Navarrete a refrescarme un poco y comer, lo que hice junto al cementerio. No penséis mal. Este cementerio cuenta con una portada y unos ventanales que pertenecieron al Hospital de San Juan de Acre, junto a cuyas ruinas se pasa antes de llegar a Navarrete. Comía tranquilamente cuando apareció, buscando la sombra, una peregrina inglesa, de nombre Lynn. Nos saludamos y me contó que ha perdido un día en Navarrete pues llegó antes de ayer y lo celebró cogiéndose una tremenda borrachera que necesitó de un día de cura. Le recomendé que parase en Ventosa (5 km), que no se esforzase demasiado con aquel calor y le pregunté sobre si llevaba agua bastante. Me miró como si fuera una vampira y le hubiera mencionado el agua bendita. Me despedí con un ¡Buen camino! homologado por decenas de miles de peregrinos y seguí rumbo a Nájera de la que me separaban apenas 15 km.
Tras superar Ventosa, desde el Alto de san Antón ya se ve en la lejanía Nájera, aún muy distante pero que a la mulita le hacía cocear de emoción. Viñas y más viñas nos acompañaban hasta las puertas de Nájera a la que accedimos a través de un polígono industrial. Topé con una tentadora piscina municipal pero logré aplacar mis ansias de refrigeración y crucé el puente sobre el Najerilla. Al otro lado está el casco antiguo, con casas blasonadas y el monasterio de santa María la Real que acoge los restos de varios reyes y reinas de Navarra. De telón de fondo de la villa hace un farallón de arenisca repleto de covachas y abrigos, presumiblemente ocupado en otros tiempos y hoy en día visitable.
Por vía asfaltada se llega a Azofra donde repuse víveres, tan necesarios sobre la bici. Recuerdo en este pueblo, hace unos años, en la puerta de un bar, como disfrutamos e incluso se nos cayeron las lágrimas al escuchar como una peregrina americana y amiga, Caryn, entonaba un aria. Guardo muchas cosas bellas en el alma y esta es una de ellas. La vida nos ofrece multitud de regalos. Continué en solitario por unas pistas solitarias en las que recuerdo haber tenido la sensación de estar perdido. Finalmente alcancé Cirueña y tras unos kilómetros, en lo alto del último repecho, vi por fin Santo Domingo. Solo me separaban de él unos pocos kilómetros y una larga cuesta abajo que, ante la emoción, no me percaté de que estaba repleta de grandes cantos sueltos, muy peligrosos y que casi me hicieron caer.
Llegué, por fin, a Santo Domingo de la Calzada tras 72 kilómetros y me hospedé en la Casa de la Cofradía del Santo, ubicada en un antiguo palacio y con renovadas instalaciones. Un peregrino irlandés tocaba en un acordeón canciones de su tierra, ya sabéis, canciones de esas que dan ganas de tomarse una pinta de cerveza bien negra y bien espesa. La mulita durmió aquella noche en cuadra, muy vigilada dados sus hábitos nocturnos y pendencieros.


Capítulo 5
El trigo que no cesa
Santo Domingo de la Calzada (Logroño). 03 de julio de 2015.
A las siete de la mañana, tras el potente desayuno y la toma de algunas fotos de la catedral enfilé hacia el puente que construyó Santo Domingo para atravesar el río Oja, que da nombre a la Comunidad, allá por el s.XI. Pocos kilómetros más allá y tras haber superado a buena parte de los peregrinos pedestres que partieron, como yo, de Santo Domingo, me percaté de que había pinchado. Me dispuse a cambiar la cámara y ahora eran los pedestres los que me superaban a mí, devolviéndome el repetido saludo peregrino “¡Buen camino!” con multitud de acentos. Uno de ellos, incluso, se ofreció a ayudarme, algo que agradecí pero rechacé pues la reparación a mí me llevaría poco tiempo pero ese mismo tiempo a él le obligaría a caminar bajo el sol de mediodía durante más tiempo. Poco después volví a estar en ruta llegando en breve a Grañón, último pueblo de La Rioja.
Cada vez eran más extensos los trigales que adornaban como petachos enormes los ropajes pardos de un gigante dormido bajo el inmenso cielo azul. Atravesando varios pueblos de esta Castilla, llegué a Belorado con casi 50 km recorridos en tres horas. Me abastecí en un supermercado y desayuné, de nuevo, en la plaza mayor, en parte porticada. Aquí replanteé mi estrategia que consistía en llegar hasta Atapuerca para pernoctar pero que, con el buen tirón que le había dado esa mañana, podría llegar a Burgos. Son casi 50 kilómetros pero de factible realización. Con el nuevo plan trazado, sin prisa pero sin pausa, traté de retomar el Camino aunque lo extravié varias veces antes de salir siquiera de Belorado y es que el Camino es más sencillo de seguir en soledades, desiertos, páramos y campas que en algunos núcleos habitados.
Logré, por fin, encontrar el puente del Canto, por donde cruza la carretera el río Tirón. El Camino, sin embargo, lo hace en paralelo por una pasarela de madera. Tras pasar Tosantos, paré junto a la fuente de los cuatro caños en Villambistia para rellenar botellas de agua, que dicen, tiene poderes. No lo dudé. Remojé la cabeza, bebí unos tragos y me encontré en la gloria bajo la sombra de un árbol. Un individuo ataviado con un mono mecánico me contó la historia de la fuente. Curioso tiempo éste en que los profetas visten ropas con el nombre de algún taller impreso. Tras despedirme pedaleé camino a Villafranca Montes de Oca a la que, tras dejar atrás la ruina del monasterio mozárabe de san Félix cabe el camino, no tardé en llegar.
Tomé un refrigerio (jarra de cerveza con limón, bien fría) en un bar barrocamente adornado con multitud de fotografías y referencias marcadamente ultraderechistas. Salí de allí ileso y compré fruta en una tienda cercana disponiéndome a subir el puerto de la Pedraja hasta el Monumento a los caídos de la Guerra Civil, punto más elevado de la ruta de ese día. El primer tramo, hasta la fuente de Mojapán es muy empinado por lo que hice repetidas paradas a la sombra de los árboles que saltean al borde del camino. En uno de los descansos paré a la sombra de una encina a la que también se hallaba refugiada una peregrina. Conversamos un rato sobre los inconvenientes de caminar o pedalear, sobre la diversidad de los países (ella resultó ser colombiana), sobre el calor y otras intrascendencias. Frente a la fuente decidí parar, bajo un acogedor techado, a comer. Comienzo a sacar pertrechos y alimentos y buscando los cubiertos descubro que me he dejado la mochila en el bar de Villafranca. Desolado, hambriento, azotado por el calor, emprendo la vuelta al bar. El descenso fue vertiginoso y afortunadamente la mochila seguía donde la dejé. Volví a subir el puerto hasta la fuente y paré a comer.
Con el estómago convenientemente saciado, enfilé el último trecho del puerto cerca de las tres de la tarde. Aún quedaba un tironcillo hasta el Monumento a los Caídos pero menos empinado que el tramo recorrido y en poco tiempo llegué a él. Allí paré un momento entablando conversación con un mexicano que descansaba a la sombra. Yo decidí continuar y lo que creía sería leve cuesta se convierte en un tobogán espectacular de fuerte bajada y enorme repecho posterior. Superado, el camino continúa a través de un cortafuegos rumbo a San Juan de Ortega. No sé a qué mente privilegiada se le habrá ocurrido trazar un cortafuegos sobre un Camino milenario de fama universal pero esto es España y no hace falta enemigos externos, ya nos exterminamos nosotros solitos.
Bajaba por la ruta hacia San Juan de Ortega, a través de un bosque de pinos interminable, cuando descubrí muchos metros por delante un bulto oscuro en mitad del camino. Cuanto más me aproximaba, mayor era el bulto hasta que pude precisar que era una persona. Llegado a su lado descubrí que era mi amiga colombiana que estaba descansando sentada en medio del camino sobre la mochila. Seguramente para prevenir picaduras de serpientes o alacranes. Le pregunté si se encontraba bien y me dijo que ya la tenía preocupada pues no le había adelantado antes. Entonces le conté la historia de la mochila y nos reímos un rato. Finalmente nos despedimos y le aconsejé que no se sentara en mitad de los caminos que eso, en España, era insólito y podía acarrearle algún accidente.
En San Juan de Ortega me tomé una cervecita con limón y sellé la Credencial del Peregrino en el albergue del monasterio. No pasé a contemplar el capitel románico en el que incide el sol durante los equinoccios porque estaba cerrada la iglesia así que partí camino de Agés. El pueblo me pareció tomado por una horda de neohippies quizá todos peregrinos y extranjeros que contrastaban con la rusticidad tradicional de la arquitectura popular. Luego, por el arcén de la carretera, llegué a Atapuerca y por una pista pedregosa en ascenso hasta la Cruz de Madera, lugar desde el que ya se divisa Burgos, mi meta de ese día. La mulita, y yo sobre ella, descendimos hasta Villalval y de allí a Cardeñuela Riopico donde nos refrigeramos y encontramos wifi.
Apenas 14 km me separaban ya de Burgos. En una hora aproximada estaría allí así que enfilé por carretera hacia Orbaneja Riopico, de allí a Castañares por la valla del aeropuerto de Burgos y luego por el andadero hasta Burgos mismo. Me instalé en el albergue municipal, junto a la catedral, en pleno centro histórico tras 98 km desde Santo Domingo. Ese día me cundió bastante.




Capítulo 6
Canales, palomares y soledad
Burgos. 04 de julio de 2015
La noche en Burgos fue un tormento. Quizá logré dormir entre unos momentos y otros un cuarto de hora. En primer lugar, un peregrino del que no supe jamás su nacionalidad, entre otras cosas porque me daba igual, nada más acostarse comenzó a roncar como el motor de un camión viejo pero cuando creímos que nada podía ser peor entró de lleno en el mundo de los sueños y mantuvo un acalorado debate con la reina de los elfos o con su puta madre, todo percibido a distancia. Una chica que descansaba en la litera de al lado de la mía comenzó a reírse lo que coincidió con los aspavientos del soñador y a más de uno se le contagió la risa. Fueron los molinillos y combates de boxeo creciendo en furia y, aparentemente, perdiendo efectividad pues, en un momento dado, el soñador pegó un gran salto de la cama cayendo de boca al suelo si bien cuando todos creíamos que se habría matado y podríamos dormir ya, se levantó. Masculló algo que no pareció humano y trepó a su cama. El descojone fue generalizado. A todo ello habría que añadirle que aun siendo una planta alta el ruido de la calle en fiestas llegaba con toda su atronadora intención. Resultado el expresado al comienzo, un cuarto de hora de sueño más o menos. Para colmo a las cinco y media de la mañana sonó una alarma general en todo el edificio. El ejército peregrino se lanzó a la calle, huyendo de aquel lugar funesto y ruin con el descanso ajeno. Mi mula, muy molesta también por la falta de descanso, no lograba encontrar la ruta apropiada que nos alejará de aquella ciudad rumbo a Santiago. Tras tres cuartos de hora logré hallar el camino correcto por medio de la intuición pues en mitad de la noche es difícil orientarse en una ciudad extraña.
Para colmo estaban realizando unas obras en la nacional que obligaban a dar rodeos al Camino. Cruzando el Arlanzón por última vez llegué a Tardajos y pude desayunar tranquilamente. Aquella mañana, recuerdo, hacía fresco y me puso sobre aviso de lo que podría encontrar más adelante. Atravesé el “fangal” del río Urbel y después Rabé de las Calzadas buscando el camino que me llevase a la Fuente de Praotorre, famosa y en la que esperaba reparar la cámara pinchada el día anterior. Llegado a Praotorre hice lo más urgente primero: liarme un cigarro y fumármelo mientras contemplaba a Helios, el de los dorados cabellos, elevarse sobre el horizonte. Esta zona está dotada con un merendero en torno a la famosa fuente que hoy abastece un mecanismo de bombeo como el de las películas de western. Tal era el mecanismo y tal fue mi bombeo, tomando lo preciso para poder encontrar la punzada en la cámara de la bici.
Arreglado el pinchazo, continué rumbo oeste para cruzar por Hornillos, un pueblo de aspecto medieval y subir, por un camino amparado por montaneras de piedra, hasta el desvío del albergue del arroyo san Bol, del que hice caso omiso, continuando hasta Hontanas que sorprende apareciendo en el último momento. Aquí decidí desayunar de nuevo coincidiendo con una pareja de bicigrinos alemanes en el bar de unos emigrantes cubanos. Parece mentira pero cualquier lugar puede convertirse en un momento en una delegación de la ONU. La calle mayor de Hontanas está en cuesta y por ella descendí hasta cruzar la carretera y continuar la senda hacia Castrojeriz.
Pronto se ven las ruinas del convento de san Antón que, en su originalidad, atraviesa la carretera bajo sus arcos. Aquí se trataba el ergotismo o fiebre de san Antón, producido por un hongo llamado cornezuelo que contaminaba el centeno. Los frailes de san Antón curaban a los enfermos dándoles pan de trigo candeal. Como curiosidad añadiría que estos frailes llevaban una gran Tau azul sobre el pecho. En Castrojeriz, ciudad medieval imponente, pude contemplar las dos calaveras grabadas en el lateral de la iglesia de santo Domingo con el lema “O mors, o eternitas” (Oh muerte, Oh eternidad). Recuerdo que compre en una tiendita próxima al ayuntamiento algunas provisiones (fruta, pan, leche,...) y conversando con la propietaria me indicó que podría prescindir de subir al Teso de Mostelares si lo bordeaba por Castrillo Mota de Judíos (antes de Matajudíos). Agradecido por la confidencia y siendo tan bien mandado como soy tomé la carretera de Castrillo, dejando el Teso a mi izquierda, inmenso pero solitario por mi abandono.
Entre los Iteros (del Castillo y de la Vega) crucé el Puente Fitero sobre el Pisuerga, dónde comienza Palencia y descansé brevemente en un parquecito de Itero de la Vega. Las tierras que me rodeaban son poco elevadas, predominantemente amarillas de cereales horneándose al sol de julio en espera de la cosecha inminente. “Son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín” como dijera Machado. Con la mula ya reposada, me dirigí hacia Boadilla del Camino donde paré a contemplar el rollo jurisdiccional barrocamente ornado que preside una pequeña plaza al costado de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en donde, por estar ya cerrada, no pude ver la pila bautismal románica.
Dejé Boadilla rumbo a Frómista y pronto el camino corrió paralelo al Canal de Castilla, obra monumental de ingeniería hidráulica que llevaba el cereal castellano hasta el Cantábrico, dejando de usarse para tal fin por la implantación del ferrocarril. Tras cruzar el Canal por una esclusa en las afueras de Frómista, me dirigí hacia el centro del pueblo para buscar un lugar donde comer tranquilo, con la mula a resguardo y aire acondicionado. Y ¡Eureka!, que diría Arquímedes. Cuando acabé de comer me asaltó la idea de una siesta, en un lugar fresco, tranquilo, donde se escuchase el agua y recordé la esclusa por donde había atravesado el Canal. Hacía allí me encaminé disfrutando de una siesta de beato (“oh monte, oh campo, oh río…” a lo Fray Luis de León) sobre un banco a la sombra de unos árboles, acunado por el rumor del agua.
Recuperado a las incidencias físicas del mundo, regresé a Frómista y llegué hasta la iglesia de San Martín, perfecta en construcción, decoración y conservación. Contemplada esta preciosa obra románica continué el Camino por Tierra de Campos, siguiendo un interminable andadero marcado por dobles parejas de mojones jacobeos que marcaban cada cruce de caminos, tan próximos entre sí que había que extremar la precaución para no dejarse las alforjas en ellos. Al menos estos distraían de la monotonía del paisaje castellano en el que el cielo quiere pegarse a la tierra y esta parece arder al calor de la tarde. Atravesé Población, Revenga y Villarmentero, todos apellidados de Campos. Son incontables los palomares, muchos arruinados, que con forma circular y muy capaces se erigen en estas tierras. Al fin llegué a Villalcazar de Sirga donde me sentó de maravilla una cerveza con limón y pude contemplar el Pantocrátor que adorna la entrada sur de la templaria Santa María la Blanca.
Con seis kilómetros de separación, emprendí el último tramo de la quinta etapa llegando a Carrión de los Condes donde me alojé en el Monasterio de Santa Clara del s.XIII, cómodamente instalado en una celda conventual. Aquel día fue también muy fructífero cayendo, a golpe de pedal, 93 kilómetros. La mulita no sabía si beber o echarse al pilón.




Capítulo 7
De profundis clamavi ad te, domine
Carrión de los Condes (Palencia). 05 de julio de 2015.
Mientras desayunaba en un bar, a las siete y media de la mañana y aun en Carrión, recordaba los sucesos de la noche y sonreía. Tras la ducha, prescrita por sabios doctores de todos los tiempos, y con ropa limpia salí del convento para estirar las piernas y devolverles así una sensación terrenal de la naturaleza. Tras un paseo relajante me dispuse a cenar en un bar al azar en el que recuerdo me quedé embobado frente a la televisión como si llevase un siglo entre bárbaros antropófagos. Concluida la cena, vagué un rato breve por el centro de Carrión pues a la vuelta de una esquina ya me vi en las afueras por lo que, volviendo sobre mis pasos, traté de encontrar el camino de vuelta al convento y lo hallé.
Recuerdo que quien me atendió a la llegada al convento fue una especie de sacristán muy puntilloso, extremadamente, cuyas observaciones sobre el uso de puertas, cerraduras, llaves y encendido eléctrico parecían tesis doctorales por lo abigarradas. La verdad es que cuando pensé con temor “ahora me hace repetirlo”, se dio la vuelta y se marchó.
Bien, pues ahora, bien cenado, a la puerta del convento, con un puñado de llaves ajenas en la mano, me vino a la memoria toda la lección del sacristán pero de forma caótica. Afronté la primera reja, la de la calle, y busqué la llave que abriera aquella cerradura lo que me llevo sólo dos intentos, pudiendo acceder al patio primero del convento. En él descubrí dormitando a la mulita, atada a un banco. Frente a la segunda puerta, de madera con casetones, me demoré algo más y cuando ya parecía un ladrón forzando la cerradura atiné con la llave y la puerta se abrió. Esta puerta daba acceso a una escalera que ascendía hasta un primer piso, de crujientes vigas de madera. Encendí la luz que tenía un temporizador y aceleré por si se apagaba. Tras unos pocos giros de pasillo y otra puerta con llave, conseguí llegar a la puerta de mi celda-habitación de nueve metros cuadrados sin que se apagase la luz. Cerré y respiré aliviado mientras me encendía un cigarro. Procedí al aseo nocturno y me acosté.
Al apagar la luz, oí claramente como alguien, o algo, pronunciaba mi nombre en la oscuridad. Presté atención pero al no repetirse, cerré los ojos y no tardé en ponerme a roncar.
Concluido el desayuno me encaminé hacia el puente que cruza el río Carrión junto al monasterio de san Zoilo, saliendo de Carrión de los Condes. Tomé, siguiendo el trazado del Camino, la carretera de Villotilla que, aunque de arcenes invadidos por la hierba, es poco transitada por vehículos. Muy pronto pasé junto a lo que fue la abadía de Benevivere y, un poco más adelante, comencé a pedalear sobre milenios de historia. Se trata de la vía Aquitana, calzada romana que unía Burdigala con Asturica Augusta. En un momento dado, encontré a una pareja que llevaba alrededor de 10 podencos con traílla, quizás para cazar con ellos. Avanzaba a buena velocidad por esta tierra sin desniveles y en poco tiempo me encontré en Calzadilla de la Cueza, tras 17 kilómetros.
Más tarde, superé Ledigos rumbo a Terradillos de los Templarios donde sellé en el albergue Jacques de Molay pues este era el nombre del último Gran Maestre de la Orden del Temple, muerto en la hoguera un viernes trece, de ahí la superstición. Salí en seguida hacia Moratinos y San Nicolás del Real Camino, pueblo donde despido la provincia palentina con un bocata de chorizo frito y un buen vino. Estaba de antojo y ya había recorrido 32 kilómetros. La senda sigue paralela a la nacional 120 hasta que pasa al otro lado y yendo a la vereda del río Valderaduey lo acaba cruzando por un puente de piedra. Con ello llegué a una ermita románico-mudéjar llamada de la Virgen del Puente que fue antiguo hospital de peregrinos. Ya solo me quedaban 3 kilómetros para llegar Sahagún.
Al llegar a Sahagún no puede uno por menos que admirar el arte mudéjar que adorna sus templos. Como llevaba la mula hecha un asco decidí darle un lavado en un lavadero para coches que vi en una calle. Tras ello y esperando que se secase me dirigí a la plaza de Santiago para tomar un tentempié. Poco después salía de la villa por el puente Canto, sobre el Cea, siguiendo una pista asfaltada sombreada por falsos plátanos que hacen el camino más fácil durante unos treinta kilómetros, con algunos claros. Tras diez kilómetros de pedaleo alcancé Bercianos del Real Camino.
En este pueblo paré a tomar un refrigerio entablando conversación con la dueña del bar y un cliente que trataron de convencerme del abandono del tabaco por el modo simpático. Tras este agradable rato retomé la pista de los pseudoplátanos camino de El Burgo Ranero. En el Burgo paré a comer y tras acabar salió el camarero que me atendió a la carrera tras de mi con la mochila en la mano. ¡Nuevamente se me había olvidado! Me puse de nuevo en ruta y al pasar Reliegos me paré en un área de descanso techada y con fuente para lavar y tender ropa que se secó en menos de media hora con el aire caliente de la tarde. Aquel aire secaría al mismo Jonás de las babas de la ballena. Después continué rumbo a Mansilla de las Mulas. Poco antes de llegar, la pista se acaba para salvar la carretera nacional por un viaducto.
Mi destino de ese día estaba dudoso. No sabía si quedarme en Puente Villarente, Arcahueja o el mismo León, opción esta última que desde la “noche toledana” de Burgos no me apetecía repetir en una gran ciudad. Pero el destino, el azar o la mala cabeza decidieron por mí. Me equivoqué de camino y salí de Mansilla siguiendo unas flechas blancas cuando todo el Camino se orienta con flechas amarillas. Pensé que eran unos chulos estos de Mansilla y en ningún momento me di cuenta de lo equivocado que estaba hasta que no llegué al pueblo siguiente y que no tenía el nombre esperado de Villamoros de Mansilla sino Villacelama. Como no estaba cansado pese a los 80 kilómetros pedaleados ya y como se veía el paisaje muy plano me decidí a seguir un poco más. Pasé por Villanueva de las Manzanas y entonces, cuando me veía muerto y devorado por los tordos en mitad de un maizal, consulté el Google Maps. Me indicó que más adelante salía una carretera que a través de Villarroane, San Justo de las Regueras y Marne llegaría a Puente Villarente. Decidido. Iría por allí, a través de plantaciones de maíz y verduras.
Llegué con tiempo a Puente Villarente hospedándome en un albergue en el que estuve solo pues incluso los dueños se fueron por una celebración familiar. Este albergue, muy nuevo, con un gran patio con césped fue muy acogedor y dormí perfectamente toda la noche quizás por haber recorrido ese día 97 kilómetros o porque nadie me llamaba.




Capítulo 8
Desafiando a Don Suero
Puente Villarente (León). 06 de Julio de 2015.
Muy temprano dejé el albergue y comencé a pedalear rumbo a León porque ya había percibido que atravesando una ciudad se pierde mucho tiempo. Por una pista con más aspecto de ser utilizada por los camiones del polígono cercano que por caminantes me acerqué a Arcahueja, parando un momento en un área de descanso antes del repecho que me llevaría hasta el centro del pueblo. Afronté este repecho con decisión y llegué a la plaza del pueblo sin resuello, literalmente, por lo que me asuste y decidí el dejar de fumar. Sorteé varios toboganes hasta la pasarela peatonal sobre la N601 que te deja en el lado correcto para llegar a Puente Castro sin problemas. Desde aquí todo era descenso hasta el puente de piedra del s.XVIII sobre el Torio, ya en León. Me dirigí callejeando hasta Santa María del Camino, la casa Botines, la plaza de la catedral y desde allí a la Real Colegiata de San Isidoro y el Hostal de San Marcos que fue prisión de Quevedo.
Crucé el Bernesga y seguí recto hasta una pasarela que salva las vías del tren y te deja en Trobajo del Camino ¡ya estaba fuera de León!. Salimos de Trobajo, la mula y yo, por el Camino de la Cruz que lleva a un polígono industrial y de este a Virgen del Camino. Salí del pueblo y paré a comer algo junto a una antena y contemplar, mientras tanto, las acrobacias aéreas de unos aviones del ejército. Llevaba ya unos veinte kilómetros y vi pasar a dos parejas de franceses que pilotaban sendos tándems. Más adelante volvería a coincidir con ellos.
Buena parte de la ruta del día discurriría junto a la N120, lejos de la tranquilidad de días pasados, atravesando el páramo leonés. Así llegué a Valverde de la Virgen y San Miguel del Camino. Más adelante pare a tomar un café en Villadangos del Páramo en la cafetería que tiene la propietaria del albergue, sellando la Credencial. Salí escoltado por unos chopos pero rápidamente me vi nuevamente junto a la N120. Ahora podía elegir pues hay senda a ambos lados de la nacional. Ya se veía a lo lejos el depósito de agua de San Martín del Camino.
Pasado San Martín y a mitad de camino hacia Hospital de Órbigo, crucé el Canal de la Presa Cerrajera que desde la Edad Media riega estos campos. Se me encabritó la mula al llegar a Puente de Órbigo sabedora de la historia del Passo Honroso que protagonizará Don Suero de Quiñones. Este caballero reto a combate de lanzas a todo aquel caballero que quisiera cruzar el puente allá por el siglo XV. Crucé el puente sin mirar atrás y me encontré en Hospital de Órbigo. Busqué un buen lugar para fotografiar el puente y reposar un rato a la sombra pues sumaba ya 45 kilómetros a la una menos cuarto de la tarde. Reposado, decidí tomar una cervecita con limón en uno de los bares de la población, sin perder de vista a la mulita porque tiene un carácter impetuoso.
Desde Hospital de Órbigo salí rumbo a Villares de Órbigo y Santibañez de Valdeiglesias, por fin alejado del estruendo de la N120. Tenía tres hitos en mente antes de llegar a Astorga y eran una cruz labrada a la que escoltan unos espantapájaros a la salida de Santibáñez, la Casa de los Dioses y el crucero de Santo Toribio antes de llegar a san Justo de la Vega. Poco después podía ver el primer hito y, con mucho cuidado por lo pedregoso del camino, no mucho más tarde llegué al segundo en lo alto de una meseta. La Casa de los Dioses es una nave transformada en albergue de peregrinos, en mitad de la nada y por eso mismo muy útil para quienes ya no tienen fuerzas para llegar a San Justo de la Vega. En el otro extremo de la meseta en la que se enclava la Casa de los Dioses se encuentra el crucero de Santo Toribio, lugar desde el que ya divisé Astorga y, a lo lejos, el Teleno de casi 2200 metros.
Una rápida bajada me condujo al centro de San Justo de la Vega donde paré a comer. Estábamos a más de 105 º farenheit y me apetecía una cerveza con limón bien fresca. Me preguntó el camarero que si caña. Le contesté que no, que algo donde pudiera nadar. Entre risas y verás le dije que si no tendría en la carta cocido maragato. Y allí estaba yo, en pleno julio afrontando aquella prueba. Cuando terminé de comer y reposé algo me fui rodando hasta la mulita y continué camino hacia Astorga.
Atravesé el río Tuerto por una pasarela metálica y, más adelante, el Jerga por un puente y las vías del tren por un laberinto metálico accediendo a una rotonda decorada con un “Asturica Augusta” que pone la carne de ave de corral. Ascendí al centro de Astorga por una empinada cuesta y contemplé el ayuntamiento, que luce una pareja de autómatas maragatos, el palacio episcopal y la catedral. Poco después salía, ante la tentación de innumerables confiterías, rumbo a la ermita del Ecce Homo.
Tras salvar la A6 por un paso elevado, me dirigí a Murias de Rechivaldo donde paré a tomar agua de una fuente. Se me abrió la posibilidad de seguir el Camino por su trazado original o desviarme, por carretera, hacia Castrillo de los Polvazares, lugar maragato universalmente conocido. Tomé esta segunda opción y visité el pueblo de Castrillo, aunque de forma breve. Luego continué hacia Santa Catalina de Somoza, con viento de cara y ya bastante cansado. Me albergué allí, finalizando con 70 kilómetros una bonita jornada.




Capítulo 9
¡Al cielo con ella!
Santa Catalina de Somoza (León). 07 de julio de 2015.
Me levanté muy temprano el día de san Fermín pues tendré que encarar uno de los hitos complicados del Camino: la escalada a la Cruz de Ferro en Foncebadón. Desayuné en el bar del albergue y le comenté al dueño que se parecía a un primo mío cuyo padre es de la zona, dicho con todas las reservas y sin ánimo de ofender, añadí. El chaval no se lo tomó a mal y me preguntó que de qué pueblo era mi tío. Le respondí que de Molinaferrera a lo que contestó: “¡coño! ¿No será tu tío “el de las vacas”?” A lo que dije que no, que tuvo una pescadería en Madrid. El expuso que eso no era ninguna pista pues, me lo creyera o no, casi toda la gente que salió del pueblo era pescadero. Tras un rato más de charla me despedí y comencé el pedaleo, en ascenso ya, camino de El Ganso.
En El Ganso reposté agua fresca en una fuente junto a la iglesia de Santiago. Poco después salí rumbo a Rabanal del Camino pueblo desde el que se aconseja a los bicigrinos seguir por la carretera y, aun así, hay que empujar la mulita en más de una ocasión. En una de ellas me rebasaron un par de bicigrinos (un francés con carrito y un catalán) que se preocuparon amablemente por si necesitaba ayuda y continuaron. Tras seis kilómetros de cuestas y más cuestas, de pendientes variadas pero siempre en ascenso, se llega a Foncebadón, pequeño núcleo que sobrevive gracias al Camino de Santiago y al continuo peregrinaje. Paré en un bareto que regenta un caballero legionario paracaidista, poco hablador eso si, y en el que coincidí con unos bicigrinos de Zamora que también estaban haciendo el Camino. Tras un par de cañitas con limón decidí afrontar el último repecho hasta la Cruz de Ferro. Fue en este momento en el que decidí cambiar, en cuanto fuese posible, el cassete de piñones, uno de nueve con 11-32 por uno de diez con un 11-36.
Tras rebasar el alto de la Cruz de Ferro, techo del camino francés en España con 1500 metros, me encontré, instalada a la izquierda de la carretera, una caravana-bar que me decía “párate, párate”. Y así lo hice. Estuve charlando con la pareja que lo llevaba y me dijeron que venían de Astorga todos los días. Yo les comenté lo de mi tío y me preguntaron que si era “el de las vacas”. Aquí no pude por menos que echar una carcajada y decir que ese tío era más famoso que el toro de Osborne. Pasé un rato agradable pero tenía que continuar así que comencé de nuevo a pedalear rumbo a Manjarín.
En Manjarín está el albergue más original del Camino. Regentado por un individuo que se cree un templario, no tiene electricidad siquiera pero, os puedo asegurar, que siempre hay gente en ese albergue. Tras llanear un poco subí, siguiendo la carretera, hasta la valla de una antigua base de transmisiones del ejército. A partir de aquí se inicia un descenso vertiginoso hasta Molinaseca que puso a prueba los frenos de la mulita. Pero aun debí atravesar El Acebo y Riego de Ambrós. Pasado El Acebo me encontré con el Francés y el Catalán que arreglaban un pinchazo. Paré un momento y pregunté si necesitaban algo. Tenían de todo por lo que continué.
Una vez en Molinaseca, quedaban doce kilómetros hasta Ponferrada, donde pensaba comer. Eso estaba hecho pero no dejaba de pensar que al día siguiente tendría que franquear el otro hito del Camino: el Cebreiro. No hay descanso para los ciclistas. Entretenido como iba no me percaté y seguí por la carretera Le-142 en vez de ir por Campo. Con ello me perdí la fuente romana. Más adelante, me cogieron el Francés y su compañero catalán y los tres juntos entramos en Ponferrada tomándonos unas cervezas junto al castillo templario. Me contó el catalán (el francés no hablaba castellano) que se habían conocido en el Camino y que habían formado equipo. Ellos continuaron camino y yo me quedé a comer en Ponferrada en un restaurante en el que coincidí con los zamoranos. El mundo puede parecer un pañuelo pero tampoco hay que exagerar.
En Ponferrada había marcado 44 kilómetros desde la salida de Santa Catalina así que salí despacio hacia Villafranca del Bierzo. Me llevó un buen rato salir de Ponferrada y ya en ruta, aún tenía la sensación de ir errado. Por una pista asfaltada llegué a Columbrianos, pasé por Fuentes Nuevas y atravesé Camponaraya.
Un repecho sombreado por pinos, que cobijan asimismo una fuente de agua fresca, me dejó sobre un paso elevado por el que salvé la A6. Rodeado de vides bajé hasta una alameda que crecía al frescor de un arroyo y, tras superar una colina, Cacabelos se abrió bajo las ruedas de la mulita. Por Cimadevilla entre en el pueblo hasta que me encontré el río Cúa y en él una playa artificial con gente dando uso de ella. Aquí decidí que no seguiría hasta Villafranca del Bierzo sino que pernoctaría en Cacabelos. Releí un mensaje de mi colega Javier, que me sacaba una jornada, y me decía que había dormido en el albergue municipal de Cacabelos, situado en una iglesia junto al río, y que estaba muy bien. No me costó encontrarlo al otro lado del río y vi que se trataba del Santuario de la Quinta Angustia que aun ahora desconozco cuales son. Una vez instalado y pertrechado de bañador y toalla me disponía a darme un baño en la playa fluvial cuando apareció un helicóptero con un cangilón colgado presto a coger agua del río. Al parecer había un incendio cerca. Fin del baño.
Ese día había recorrido 66 kilómetros superando un buen puerto pero acabé dándome una ducha como a diario. A veces, el premio es poder continuar pedaleando.




Capítulo 10
¡Oiga, ni una cebra!
Cacabelos (León). 08 de julio de 2015.
Salí temprano con el antojo de comer unos huevos con beicon, con chorizo o con cualquier otra sustancia porcina disponible, en Pieros a dos kilómetros cuesta arriba de Cacabelos. Tras este frugal desayuno que tuve que acompañar de un café con dos magdalenas (nada de muffins) casi se me saltan las lágrimas al comprobar de nuevo, por si había cambiado, el perfil de la etapa del día. Para resumirlo consistía en subir, subir y seguir subiendo. Comprobé la presión de neumáticos, estado de cadena, platos, piñones, frenos, radios.... ¡nada! estaba todo correcto y no encontré ningún pequeño motivo por el que pudiera demorar la salida. Así que pronunciando un sonoro “¡Arre!”, salimos la mulita y yo a la conquista del Cebreiro.
Continuos toboganes fueron calentándome las piernas hasta llegar a Villafranca del Bierzo. En ella me aproximé a la Iglesia de Santiago para contemplar la Puerta del Perdón, por si acaso. En descenso, pasé junto al castillo, uno de los pocos aun habitados y fui siguiendo las flechas amarillas para llegar junto al puente sobre el río Burbia. En este punto el rey asturiano Bermudo I perdió su corona al perder prácticamente su ejército en un combate. Cruzando este puente se sale a un barrio de Villafranca que ya da paso al valle del Valcarce. Pedaleando sin descanso por el arcén de la carretera llegué a una especie de camino protegido por un muro de un metro junto a la N6. La sensación es cuando menos de alarma pues, además, sobrevuela cada dos por tres el viaducto de la A6. Aun así, chopos y castaños hacen más llevadero el camino hasta Pereje. El siguiente pueblo es Trabadelo, al que sigue Portela de Valcarce donde paré a tomar un café.
Con la cafeína en las venas, alcancé Ambasmestas y poco después Vega de Valcarce, núcleo principal del valle y en el que destaca el castillo de Sarracín sobre un picacho. El siguiente pueblo es Ruitelán y hasta aquí llevaba 18 kilómetros. Tras este pueblo está Las Herrerías, de estampa bonita, al que se llega tras atravesar un puente de piedra. Recuerdo como cuando estaba descansando oí un bramido potentísimo de toro que se repitió varias veces y me acordé de aquella fábula de Borges sobre Asterión imaginando como bramaría el Minotauro. Ahora si comenzaba el ascenso del Cebreiro si bien no tomé la senda sino que subí por carretera. No sé la de veces que paré a la sombra de algún árbol pero sí sé que se me hizo eterno y cuando creía vislumbrar la cima, resultó ser Laguna de Castilla, el último pueblo de León en el Camino de Santiago. En este pueblo paré a comer, muy bien por cierto, en el restaurante del albergue que no hace mucho administraba un amigo mío.
Tras un merecido descanso, seguí en búsqueda de las cebras ascendiendo los últimos 2 kilómetros y medio que restaban. Al fin contemplé la prerrománica iglesia de Santa María la Real de Cebreiro. Allí sellé la credencial sin sorprenderme por las numerosas monjas que pululaban por allí y continué pensando en llegar a Triacastela. Para ello me quedaban aun otros dos puertos: San Roque y el Poyo. En lo alto del último paré a refrescarme y a consultar mis mapas. Pintaba bien. Todo lo que restaba era cuesta abajo pero, eso sí, siempre tomándola con cuidado. La bajada a Triacastela fue de pánico. Las lágrimas mojaban mi espalda, tal era la acción del viento en mi cara.
En Triacastela me hospedé en un hostal y dejé estabulada a la mula en un garaje lo que, siendo tan mecánica como es, me agradeció. Aquel día sumé 60 kilómetros pero ¡qué 60 kilómetros! Fue una jornada en la que descansé a la sombra de castaños enormes, vi el correr de arroyos prístinos, apoyé la mula al costado de una payoza, ascendí tres puertos pero me quedó una herida abierta: no encontré cebra ninguna.





Capítulo 11
Corredoiras, fragas y meigas
Triacastela (Lugo). 09 de julio de 2015.
Tras dormir como si fuese un santo me dispongo a desayunar en el bar del hostal. Pido un café con leche y unas magdalenas pero cuando introduzco la primera, pues soy muy de mojar, ya me está pidiendo otro café. Tienen mucha ansia las magdalenas de la zona. Con el cuerpo repleto de azúcar, cafeína y algo de proteína emprendo la salida de Triacastela rumbo, en primer lugar, a Sarria.
Desde aquí hay dos opciones para llegar a Sarria: una por san Xil, algo más áspera, más montaraz, según advierten las guías; otra por Samos, alternando carreteras poco frecuentadas y corredoiras. Yo elijo esta última porque para salvaje y montaraz ya estamos mi mula y yo. Por ello seguimos el curso del Oribio (río Sarria) que acompaña a la carretera por la que discurríamos. Pronto llegamos a San Cristovo do Real que a esas horas de la mañana parecía suspendido de un limbo temporal en el s.X. Sólo algunos detalles permiten discernir que no se ha viajado en el tiempo. A la salida del pueblo me metí por una corredoira, como aquí llaman a los caminos que están encajados o murados a sus lados. La feracidad de la vegetación y las dimensiones de los árboles hacen que transcurran estos caminos en una potente sombra. No es extraño que la imaginación crease todo tipo de seres, transeúntes de estos caminos, habitantes de estas fragas, pues el escenario lo reclama.
Con la vista de algún prado donde pacían vacas rubias entre la arboleda fui acercándome a Renche, parroquia muy antigua. Siguiendo el curso del Oribio crucé Lastres y Freituxe, llegando a San Martiño do Real. Desde San Martiño queda muy poco para Samos que aparece, de pronto, en el fondo de un valle, a los pies del magnífico monasterio benedictino. Había recorrido apenas once kilómetros pero con mucho sube-baja lo que sería ya, aquí en Galicia, una constante. Anduve contemplando el monasterio y las casas que bordean el río cuyas fachadas se reflejan en él. Tras un café que me reconforta puse rumbo a Sarria.
Salí por carretera hasta Teiguín y desde este pueblo por caminos, pistas y tramos asfaltados, llegaría a Gorolfe, Reiriz y Sivil. Poco después, tras atravesar Perros y cruzar la carretera, enlazamos con la variante de san Xil en Aguiada. De aquí a Sarria me quedaban 4 kilómetros y medio.
Sarria es el km 0 para buena parte de los peregrinos a Santiago dado que está a unos 115 kilómetros del destino peregrino y con 100 kilómetros ya se tiene derecho a la Compostela, indicativa de haber realizado el Camino. Su calle Mayor se puebla a primera hora de la mañana, literalmente, de peregrinos de todas las naciones del mundo. Desde aquí el Camino en bicicleta debe ser más cuidadoso si cabe pues los caminos y sendas se hayan atestados, en muchas ocasiones, de peregrinos a pie. El timbre avisador de la mulita casi ardía.
Salí de Sarria hacia As Paredes pasando junto al mirador, el Convento de la Magdalena y el cementerio. Poco después, crucé por el puente romano de Áspera el río Pequeño y más adelante las vías del tren y otro arroyo. Había un repecho importante entre castaños y una chica con un puesto en el que ofrecía refresco a cambio de un donativo para peregrinar a Jerusalén. Pasé por As Paredes rápidamente y luego por Vilei y Barbadelo. Es de notar como aquí las poblaciones están muy juntas. Atravesé Mercado da Serra y me interné por una pista ancha a través de un bosquecillo llegando a un paso sobre una lámina de agua. Poco después me encontré con uno de esos regalos que da la vida en ocasiones.
Paré a descansar bajo la sombra de unos árboles cómodamente instalado sobre un poyo de madera. Observé como me rebasaban un grupo de chavales que, guiados por un par de personas mayores, tenían el aspecto de ser un grupo escolar. Entonces me fijé en una peregrina que bajaba por el camino y que colocándose en el centro del camino abrió los brazos. También me fijé en como la evitaban los chavales y sus guías. Poco después llegó a mi altura y me ofreció un abrazo como saludo. Muy hippie ella me ofreció un “abrazo húmedo” advirtiéndome con ello de los efectos del caluroso mediodía a lo que respondí que no creía que lo fuera más que el mío y que en cualquier caso me gustaría probarlo. Nos abrazamos y nos dimos el “Buen Camino” de rigor continuando cada uno por nuestro sentido. Poco después, mientras pedaleaba hacia Leiman, pensé en cómo es posible que incluso ofreciendo el bien la gente desconfíe.
Continué atravesando pequeñas localidades cada kilómetro aproximadamente hasta Ferreiros y desde este, comienza el descenso a través de poblados como Mirallos, Rozas y Moutrás, donde está la tienda Peter Pank. Poco después llegué a Vilacha y desde aquí, en vertiginoso descenso, a Portomarín atravesando el puente romano-medieval. 48 kilómetros me avalaban para comer lo que me diera la gana así que me dirigí al Mirador y allí, junto al ventanal contemplando el embalse, ataque un entrecot que no se lo saltaba Pîtingo.
Salí del restaurante y estaba la mulita sesteando donde la dejé, a la sombra. Pronto me encontraba de nuevo pedaleando calle arriba para fotografiar la Iglesia de San Nicolás, románica, trasladada piedra a piedra desde su primitiva localización en el fondo del valle. Tras ello y comprobando que no tenía fiebre enfilé por la carretera hasta Gonzar dónde, tras 56 kilómetros di por concluida la etapa de ese día. Me quedaban únicamente unos 89 kilómetros a Santiago y aun fuerzas de sobra.




Capítulo 12
Pasando frío en julio
Gonzar (Lugo). 10 de julio de 2015.
En fecha tan señalada, festividad de San Cristóbal, santo inexistente dedicado a transportar niños de un lado para otro y que es patrón de transportistas, buhoneros, piratas, conductores, butaneros y demás gente que no existe, dejé el albergue de Gonzar a temprana hora.
Antes de comenzar con la narración de la ruta deseo incluir una nota que encontré clavada en un pino y decía así: “La gente es la ostia. Así, generalizando y eso que no me gusta. Llegué al albergue ¡Bueno! más bien me han acogido amorosamente creyendo que necesitaba hasta puntos de sutura por las quemaduras del sol, situación que con dos birras con limón ha quedado aclarada. Bien. Entro en la sala y me encuentro un grupo de guiris, de diversas edades y sexos muy variados, dormitando a las 7 de la tarde. Me ha dado un vuelco el duodeno. Recordando a mi sargento primero Trallero he pegado una voz de mando con la que dos coreanas se han descalabrado, un alemán se ha desnucado al caer de la litera y el resto anda persiguiéndome por el monte cercano. Llevo un bastón clavado en un costado pero no me atrevo a retirarlo por si me desangro. ¿Creéis que si me quito el bombín seré más difícil de localizar? Tengo que dejaros: el SEPRONA ha soltado a los perros”.
Salí de Gonzar por el arcén izquierdo y en pocos metros me fui por un camino que salía a la izquierda hacia Castromaior. A las afueras hay un gran castro prerromano. Posteriormente seguí hacia Hospital da Cruz donde se cruza la N540. Ventas de Narón es el pueblo siguiente, muy pequeño pero en el que me ocurrió una anécdota curiosa. Estaba reponiendo agua en una fuente junto a la ermita cuando hoy un coche acercarse. Levanté la cabeza y vi que se trataba de la Guardia Civil y tras ellos una especie de nube de humo que procedía de la dirección por la que debía seguir hacia Ligonde. Primero pensé que sería un fuego y que los guardias no me permitirían pasar. Cuando los guardias pasaron sin decir nada recapacité, fijándome más detalladamente para llegar a la conclusión de que era niebla. Una niebla espesa, lechosa que se derramaba desde el alto, ascendiendo desde los valles que cubría empujada por el viento oceánico. Lo que era una mañana común, con sol, calurosa como son los mañanas de julio se convirtió, de súbito, en una mañana de otoño, fresca y húmeda.
Comencé la rodada poniéndome un chaleco ligero e impermeable. Los primeros kilómetros eran cuesta abajo y me dejaron con los brazos chorreando agua condensada así que, tras pasar el crucero de Lameiros, paré en Ligonde para tomar un cafetito y calentarme un poquillo. Más animado seguí camino atravesando poblaciones hasta Palas de Rei en la que paré para desayunar de nuevo y sellar la credencial en San Tirso, que estaba en obras. Saliendo de Palas el Camino, en continuo sube y baja, pegado a la geografía gallega, iba de un pueblito a otro, de un río a otro, de un valle a otro por corredoiras espectaculares. Antes de Melide, vi el Cabazo de Leboreiro, un enorme capazo de piedra que, como los horreos, sirve para conservar el maíz.
La llegada a Melide era ya muy deseada. El hambre apretaba aunque eran las doce de la mañana y había recorrido unos 30 kilómetros. Un caldo gallego y una ración de pulpo me trajeron de nuevo al mes de julio de 2015 pues, hasta el momento, andaba vagabundeando por lugares y tiempos distintos y más fríos.
La mula, que esperaba paciente entre motorizados engendros, se alegró de verme de nuevo aunque presumía que yo pesaría algo más. Iniciamos la salida de Melide y por un bello entorno atravesamos diversas poblaciones hasta Boente a cuya salida encontré una dura cuesta que solventé empujando la mula. Tras cinco kilómetros de pistas vecinales y tramos asfaltados más me hallé a las puertas de Arzúa donde decidí parar para que descansase la mula en una placita sombreada por plátanos.
Salí de Arzúa por la rua do Carmen que me llevó, cuesta abajo hasta un arroyo. Un poco más adelante había otro arroyo que partía en dos un prado en el pacían unas vacas remolonas a la derecha del camino. Continué por una pequeña cuesta arriba y antes de entrar en el pueblo de Pregontoño me encontré con un anciano que me preguntó en correcto gallego “si había visto unas vacas en el prado de la izquierda”. Yo le dije que las vi en el de la derecha según llegaba de Arzúa. Luego me comentó que no me veía muy en forma a lo que tuve que asentir. Estuvimos un rato charlando, yo remedando el gallego, él hablándolo como si fuera su lengua materna, tras lo cual me despedí y continué hacia Taberna Vella. Tras atravesar la N547 por un túnel, un paisaje alternado de prados y manchas de eucaliptos me llevaron a pasar por Taberna Vella y Calzada. En Calle paré a tomarme una cerveza con limón, premio a una jornada corta pero dura. Le dije a la propietaria del bar que iba hacia Santa Irene, al albergue y me dijo que estaría lleno pero que probase en A Salceda que había uno recién abierto que conocía poca gente. Le agradecí la información y encaminé las ruedas de la mula hacia allá.
En efecto en A Salceda había un albergue nuevo, el Albergue de Boni, en el que me alojé siendo el propietario todo un personaje, simpático y buena gente. Esta penúltima etapa me había llevado por continuos subebajas a lo largo de 57 kilómetros quedando únicamente para Santiago unos 28 kilómetros. ¡Tenía la meta en mi mano!




Capítulo 13
Un bicigrino a pie
A Salceda (A Coruña). 11 de julio de 2015.
Con apenas 28 kilómetros por delante, salí tranquilamente aquella mañana neblinosa, húmeda, tan propia de aquella tierra como normal para los paisanos. Cuando salí del albergue sólo quedaban las paredes en él, como la escena de un teatro abandonado. Desayuné en un bar que no se encontraba lejos del albergue y vi el encierro de sanfermines con temple torero mientras mojaba unas magdalenas en el café con leche. Tras pagar y despedirme salí con la mula hacia Santa Irene, pasando primero por O Empalme, atravesando un bosque de eucaliptos al que sólo le faltaban los koalas colgando para parecer una postal de Brisbane.
En Santa Irene paré a cargar agua en la botella y continué aprovechando la cuesta abajo. Pronto seguía el Camino por una pista asfaltada camino de O Pedrouzo y en este pueblo ya sólo me quedarían 20 kilómetros. Lo recorrí y me interné de nuevo en el bosque de eucaliptos hasta San Antón. Al salir de San Antón me dirigí hacia Cimadevilla, con una larga subida que una vez pasado el pueblo hay que continuar hasta llegar a una pista paralela a la A54. Iba entre la A54 y la alambrada perimétrica del aeropuerto repleta de cruces de madera. ¡Tranquilos! Cosas de peregrinos no de adoradores del vudú.
En un suspiro estaba en San Paio donde paré a sellar la credencial en la iglesia, prácticamente tomada por las huestes del ejército peregrino. Había un corto repecho y tras una curva cerrada se llegaba al arroyo de Lavacolla donde los peregrinos se lavaban, antaño, antes de entrar en Santiago. Después de aquí, a unos 10 kilómetros de Santiago, el Camino se hace muy favorable pasando junto a los centros de las televisiones autonómica y estatal. Y de aquí a San Marcos, una urbanización a los pies del Monte de Gozo.
Desde el Monte de Gozo tenemos la primera panorámica de Santiago que ya está al alcance de las piernas. Un breve descanso rodeado de fervorosos católicos, peregrinos y viajeros de toda laya, y la mula ya me está pidiendo senda de nuevo.
Entramos, tras 12 días, en Santiago por la rúa das Casas Reais hasta la Praza Cervantes. No tiene pérdida. La riada humana conduce hasta la plaza del Obradoiro a través del Arco de Palacio. Hay quien llora, hay quien baila, hay quien se pellizca y hay quien, como yo, se va a buscar la tienda del bicigrino para enviar la bici a casa porque una fachada llena de andamios no me impresiona mucho. Tras entregar la bici y las alforjas en una agencia de transporte, saqué billete para mi regreso a casa y me fui a comer y beber algo por Santiago. Turismo gastronómico que se llama en las guías entendidas.
780 kilómetros en 12 días es un esfuerzo que merece la pena para conocerse a sí mismo.




Epílogo
Para este primer viaje en bici elegí el Camino de Santiago pues ya lo conocía a pie, está muy señalizado y muy bien documentado en todo tipo de medios. Podrá parecer una exageración pero el mayor impedimento que encontré en todo el viaje fue el detallado en el primer capítulo relativo al acceso al tren. Se halla completamente al albedrío del responsable del convoy por lo que si no quiere, no subes. Así de fácil. Esto nunca me ha pasado en autobús.
Pero lo importante del viaje, lo realmente importante, es la sensación del viajero. ¿Qué más dará el camino sin viajero que lo recorra? ¿A quién mostrará su hermosura?. Así fui pasando, paulatinamente, de los bosques y prados pirenaicos a los viñedos del solano o a las llanuras de cereales vestidas o a los bosques de eucaliptos y carballos de la Galicia encantada. Fui refrescándome el alma en decenas de fuentes de todo el Camino, acalorándome al calor del mediodía en las llanuras castellanas, disfrutando de la sombra de árboles en León, del frescor de la pared de la iglesia en pueblos de la Rioja, del misterio de las corredoiras gallegas, del encanto de las sendas navarras. Y el Camino seguía siendo camino cuando lo dejé pero yo ya no era el mismo que lo comenzó.
Los que estamos habituados a dividir el mundo en superficies no podemos disfrutar de los paisajes en toda su esencia. Vemos a nuestro alrededor superficies en fachadas, calzadas, calles, carteles. Vemos superficies mientras nos atruenan los vehículos, los avisadores de los semáforos, las voces amalgamadas de miles de personas, fuentes de agua reciclada, naturaleza prisionera en jardines. Vemos superficies en barras de bar, en rostros. Vemos líneas confluentes que dirigen nuestra mirada hacia otras superficies. Siempre superficies. Por ello, nuestra mirada es superficial. No vemos más que con los ojos y para mirar hace falta el ser. Mirar es un efecto del logos, esencia del ser. Y es comprensible cuando se contempla, cuando se mira con sentimiento y cuando se disfruta con el logos de un paisaje. Un bosque sobre una ladera no debe verse como una superficie única, una mancha de colores, sino como una formación viva, con profundidad. Cuando se contempla la posibilidad de estar ante un conjunto de seres vivos, en crecimiento, en variación constante; cuando se es consciente de que el bosque sobre la ladera que comenzamos a mirar hace unos minutos ya no existe, sino que ha sido reemplazado por esta nueva formación que contemplamos ahora acompañados del rumor del agua en una fuente o arroyo, de los insectos alrededor, del crecer de la hierba, de la temperatura, de los pájaros con sus cantos... Lo mismo podría decirse de los campos cultivados por el hombre, de esos campos industrializados en los que se fuerza a la naturaleza a dar unos frutos concretos y no otros. Aparentemente, ahí la naturaleza está forzada pero yo opino que es el hombre quien ha tenido que llegar a un pacto con ella para obtener los mejores frutos en cada caso: no todas las tierras son aptas para cada fruto ni todo fruto es apto para todas las tierras, como indicaría Columela. Y aun así, podemos contemplar en su singularidad las enormes extensiones de cereales de Castilla o los viñedos de la Rioja o la huerta navarra, con sus notas características de color y aroma, con su luz propia y podremos admirar cada uno de sus componentes: trigos acamados por el viento, pámpanos mecidos por la brisa y hortalizas saciadas por las aguas cristalinas.
Recorrí el Camino sobre los pasos de miles de peregrinos precedentes, sobre las losas de vías ya perdidas, de caminos ancestrales que comunicaban valles abriéndolos al mundo, al comercio, al conocimiento. Un Camino de sabiduría que fue perpendicular a los senderos de la guerra que abrieron, con sus regueros de sangre, avaricia e ignorancia, la piel de toro de norte a sur durante siglos.
Y el Camino seguirá siendo camino y yo dejaré de ser lo que soy a cada momento, en cada pensamiento, con cada recuerdo.


Justo Barchino

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