Capítulo 1
Rumbo a las estrellas
Madrid.
29 de junio de 2015.
Siete y veinticinco de la mañana y, como siempre,
llegué apurado a la salida del tren en Atocha. Me paró el interventor y los
controladores de billetes que no me permitían acceder al andén. Les expliqué
que a la bici le quitaría la rueda delantera en el andén y la metería en su
funda pero que si lo hacía allí arriba no podría bajarla pues también debía
llevar las alforjas. Nanay. “Además, el acceso se cierra ya, el tren va a
partir”- sentenció el interventor.
La historia podría comenzar aquí pero este no es más
que un episodio. En realidad comenzó unos meses antes, cuando se me cruzó por
la mente la idea de realizar el Camino de Santiago en bicicleta y ya se sabe
que cuando se cruzan intención y oportunidad no queda más que elegir el medio y
se produce la realización.
Finalmente hube de sacar un billete nuevo para el
siguiente tren con destino a Pamplona (11:35 horas). Entretuve el tiempo en
rascarme los tobillos como un babuino y en exponer, obviamente no a la vez, mi
queja por escrito por el incidente con el interventor para intentar lograr un
reintegro del precio del billete. Haraganeando un rato en la cafetería de la
estación, sin perder de vista la bici, deambulando un poco ante las puertas de
acceso a los andenes y, sobre todo, soñando con el viaje previsto, el tiempo se
fue pasando como pasa un anciano del sopor a la melancolía, tranquilamente.
El interventor de este nuevo tren era un tipo amable y
concienzudo. Entre los dos colocamos la bici dentro del tren de forma que no
molestase ni impidiese el paso hacia las puertas en caso de urgencia. Una
simpática azafata (o camarera, o auxiliar de tránsito o como sea que se denominen)
me hizo más llevadero el viaje dándome palique. Aunque estaba preocupado, en
principio, por no saber si me daría tiempo a llegar a la Estación de Autobuses
de Pamplona para enlazar con el bus de Roncesvalles, rápidamente me quité tan
molesto pensamiento de la cabeza haciendo uso de mi llave mental favorita:
“todo saldrá bien, como siempre”.
Y así fue. Tardó el tren 3 horas en llegar a destino
por lo que eran casi las tres de la tarde cuando llegamos a Pamplona. Montando
la rueda delantera y las alforjas inicié el ascenso desde la estación
ferroviaria hasta la estación de autobuses, en lo alto de la ciudad. Estas
primeras pedaladas bajo el calor de las tres de la tarde, bordeando el parque
de la Taconera, cuesta arriba, me enseñaron a no tener prisa y buscar la sombra
en mi propia sombra. La moderna estación de autobuses de Pamplona con sus múltiples
muelles, escaleras mecánicas y ascensores me acogió. Pude comprobar, en primer
lugar, que la ventanilla de la empresa Artieda, que cubría el servicio a Roncesvalles,
abriría para la venta a las cuatro de la tarde. ¡Genial!
Hasta las seis de la tarde no saldría el bus por lo
que me di una vuelta con la bici por los alrededores. Llegada la hora, me
dirigí al andén en el que entablé conversación con una valenciana, Celieta, que
también haría el Camino en bici. Ayudamos al conductor a meter las bicis en el
maletero del bus que, aunque bregado en ello, siempre lo agradece y salimos
rumbo a las estrellas.
La conversación en el bus me demostraría lo diferentes
que eramos Celia y yo como bicigrinos: ella planteaba el Camino desde una
óptica muy viajera e independiente, portando un hornillo para prepararse la
comida y exponiendo la poca necesidad que sentía por dormir a cubierto. Yo, sin
embargo, tenía la intención de comer donde me asaltase el hambre, beber donde
tuviese sed y dormir allá donde hubiese un techo y una ducha disponibles. Soy
así, un sibarita.
Al llegar a Roncesvalles, conocimos a un sevillano,
Javier, que llevaba también montura y la misma intención que nosotros.
Guardamos las “mulas” y tomamos plaza en el albergue de peregrinos, además de
poner nuestro primer sello en la Credencial de Peregrino. Tras una ducha más
reconfortante por el calor del día que por el cansancio y una vuelta de reconocimiento
por los alrededores, cenamos Javier y yo con unas peregrinas japonesas muy
simpáticas. En los albergues se impone un horario que parece espartano (a las
10 de la noche cierre; a las siete de la mañana ya casi está vacío) pero pronto
te acostumbras e incluso lo entiendes como el más adecuado. Pese al cambio de
actividad respecto a mi vida diaria, a la temprana hora en que me fui a dormir,
a la cantidad de estrellas que cuajaban el cielo, al volver a dormir en
multitudinaria compañía,...pese a todo, dormí de un tirón.
Capítulo 2
Son gigantes, amigo Sancho
Roncesvalles
(Navarra). 30 de junio de 2015.
A las 6 de la mañana aquello era ya un hormiguero. El
ajetreo de aquel ejército preparando la marcha contrastaba con los que
simulaban, estoy seguro, dormir. No tardamos Javier, Celia y yo en estar listos
para comenzar la ruta y junto al indicador kilométrico de Santiago, 790
kilómetros, nos hicimos la foto pertinente. Desayunamos en el pueblo siguiente
(Auritz-Burguete), a apenas tres kilómetros, rodeados de una multitud políglota
de caminantes. Pronto se haría la presencia de peregrinos a pie menos
abrumadora conforme fuéramos avanzando aunque siempre hay que ser cauto pues el
Camino debe ser compartido. Al acabar el desayuno me percaté de que no tenía la
Credencial y decidí regresar a Roncesvalles, despidiéndome de mis nuevos
amiguetes. Al llegar al albergue le expliqué a una voluntaria el suceso y me
acompañó hasta el dormitorio comunal para que buscase. No estaba allí y la
voluntaria, con acento del norte de Europa, me ofreció una Credencial nueva
totalmente gratis, gesto que agradecí infinitamente. Tras ello, reinicié el
Camino con cierto retraso, pero con muchas ganas, prácticamente a las ocho de
la mañana.
Crucé Burguete con moderada ansia y me dirigí hacia
Espinal a través de algún arroyo y una cuesta corta pero muy empinada y,
atravesando el pueblo, continué el trazado tradicional hacia Lintzoain
escalando el alto de Mezquiritz, de poca importancia pero sombreado de hayas, y
llegando al mismo Bizkarreta. Aquí paré en una fuente que hay en una placita
para beber y reponer agua fresca. Rápidamente continué hacia el alto de Erro
pasando por Lintzoain. Su ascenso por una cuesta pedregosa, muy suelta, puede
ser peligrosa por lo que empujé la bici buena parte de ella. Una vez llegado
arriba, junto al camino, aparece el cenotafio de un peregrino japonés. Podría
haber parado un momento y pensar en lo efímero de la vida, en la inmensidad del
universo pero ¡qué narices! aún quedaban muchos kilómetros por delante. El
descenso hacia Zubiri puede ser muy peligroso si no se afronta con precaución:
gravilla, rocas apuntadas, puertas,... En medio de una rampa de bajada recibí
una llamada. Era Javier, el bicigrino sevillano, quien había iniciado el viaje
con Celia cuando me volví a Roncesvalles. Me decía que me esperaba en Zubiri,
junto al puente de la Rabia pues tenía ¡¡¡mi Credencial!!!.
En efecto, junto al puente esperaba Javier quien me
contó que cuando Celia y él iban a sellar allí, en Zubiri, había aparecido mi
Credencial junto a la suya. Me explicó que, seguramente, cuando sellamos por la
noche, entre el lío de los papeles de información de albergues, hoteles y
restaurantes que recabamos, “que si toma este”, “de este otro no tengo”...
Bueno, pues eso. Al menos la tenía ya conmigo. Nos tomamos una cerveza en Zubiri
y me contó que Celia había seguido adelante.
Salimos de Zubiri, volviendo a cruzar el puente de la
Rabia por un sendero muy agradable, con pastos a derecha e izquierda. La única
pega es la masiva presencia de una empresa dedicada a la extracción de
magnesita a la salida de Zubiri. Los caminos son tranquilos y los pueblos que
se atraviesan también (Ilarratz, Eskirotz, Akerreta, Zuriain, Irotz), además de
bonitos con sus casonas de grandes portalones. Pronto llegué al cinturón
industrial de Pamplona: la Trinidad de Arre, Villava y Burlada, antesala de la
capital navarra. A Javier lo dejé unos kilómetros atrás pues decidió seguir por
carretera y yo quería continuar el camino. Como tenía hambre y ya era hora,
paré a comer junto al puente de la Magdalena, entrada tradicional a los pies de
la muralla de Pamplona.
Poco después, rehabilitadas las fuerzas y con nuevos
ánimos, con 45 kilómetros cumplidos y otros 24 por delante, atravesaba la
muralla de Pamplona a lomos de mi mulita, como llamo a mi bici. Siguiendo la
estela de conchas sobre el pavimento, rápidamente alcancé el ayuntamiento y
enfilé por la calle mayor. Al final de esta, otro ciclista con bici de
carretera me pidió la bomba de inflado pues tenía la rueda floja. Por supuesto
se la presté y tras el hinchado me invitó a un café que agradecí. Enfilé de
nuevo hacia la Universidad de Navarra, rumbo a Cizur menor, al otro lado del
Sadar y encastillado tras una larga cuesta que, con el calor, parece eterna.
Encontré un parque que me invitaba a voces a quedarme un rato sentado, a la
fresca sombra mientras planeaba la conquista del Alto del Perdón. Un momento
más tarde vi aparecer a Celia al otro lado del parque. ¡Vaya, pensé, al final
les he rebasado! Charlamos un rato y me contó que Javier va por delante, camino
ya del Alto y que ella saldrá inmediatamente. Yo le confirmé mi intención de
reposar un rato y continuar más tarde. Nos despedimos y nos deseamos ¡Buen
camino!
A los diez minutos, salí yo también. Buscando la
sombra de cualquier pequeño árbol, fui realizando paradas bajo el sofocante
calor de la tarde del 30 de junio. En una de las paradas, conocí a Juan, un
malagueño que estaba en tránsito igualmente. Nos pusimos en marcha y, haciendo
varias paradas, llegamos a Zariquiegui. Nos refrescamos en el bar del pueblo
donde también nos informan de que tanto Javier como Celia no nos sacan
demasiada distancia. No es una carrera, como podéis comprender, sino que cuando
se va conociendo gente es bueno tratar de interesarse por su bienestar. Para
ello, además, estábamos comunicados por Whasap. Continuamos hacia el Alto del
Perdón con el majestuoso indicativo que hacen los molinos eólicos y lo
alcanzamos, al Alto me refiero pues del perdón ignoro hasta la ofensa. Nos
hicimos unas fotos con la procesión escultural dispuesta en el Alto que
conmemora el milenario camino.
En Zariquiegui, el dueño del bar donde tomamos el
refrigerio, nos indicó que la bajada hacia Puente la Reina era mejor, más
cómoda y menos peligrosa por la carretera que desde el Alto parte hacia la
derecha y no por el camino tradicional, muy pedregoso y que pondría en peligro
nuestra seguridad dado lo cargados que íbamos. Y seguimos su consejo. El
descenso hacia Puente la Reina fue una de las llegadas memorables de todo el
viaje. Tras hospedarme en un hotel a la entrada de Puente la Reina, revisar el
estado general de la mulita, darme una buena ducha y tomarme dos buenas
cervezas a la sombra de una casa del árbol, cené bastante bien y dormí como si
no hubiera de llegar el día. Los 72 kms recorridos el primer día se cobraron su
propia cuenta.
Capítulo 3
Puentes, viñas y piscinas
Puente
la Reina (Navarra). 01 de julio de 2015.
Muy temprano comenzamos a preparar el segundo asalto
Juan y yo. Tras un desayuno bastante completo, enfilamos por la calle del
Crucifijo con sus troneras de las guerras carlistas para continuar por la calle
Mayor, arteria principal de la señorial villa de Gares (Puente la reina)
topándonos con Javier, quien también pernoctó en ella. Cruzamos juntos el
formidable puente románico que da nombre a la villa y, tras unas fotos, tomamos
rumbo hacia Mañeru y Cirauqui junto al convento. Antes deberíamos superar una
cuesta importante por su fuerte inclinación pero ya en lo alto podríamos ver
Mañeru. En él nos abastecimos de agua fresca en la fuente principal del pueblo
y continuamos hacia Cirauqui por una senda que lomea entre viñas.
Apareció Celia mientras comíamos algo bajo el arco de
entrada a la villa de Cirauqui, junto al que hay una tienda, y del que parte
una calle en fuerte ascenso hacia el centro del pueblo. Al lado derecho del
arco hay una estela funeraria referida a Don Martín de Yriarte, con una cruz de
Santiago y escudo cuartelado con estrellas y tréboles. Celia partió en primer lugar
y ya no la volveríamos a ver aunque si sabríamos de su caminar vía whasap. Tras
ella salió Javier y apenas diez minutos después, sosegadamente, partimos Juan y
yo. La salida del pueblo por una vía romana no puede ser más apoteósica aunque
si menos peligrosa pues está bastante deteriorada. En el fondo de un pequeño
valle, cruza al regato de Igauste sobre un puente de traza tan romana como
deteriorada. Cruzamos una bici tras de la otra, ayudándonos mutuamente, tras lo
que pedaleamos rumbo a Lorca por campos verdes de pámpanos.
Pronto alcanzamos Lorca entrando por su calle Mayor,
longitudinal, vertebrando la villa, hasta donde un nutrido conjunto de
peregrinos pedestres se agolpan en la calle. No es ni más ni menos que la
presencia de dos bares, uno frente a otro, la que concita tal profusión romera.
Allí encontramos de nuevo a Javier. Café con leche y llenado de cantimploras en
la fuente de la plaza del pueblo que surte de una fresca y cantarina agua que
dice “Bébeme, bébeme” incluso a los inaudientes y que, sin embargo, luce un
cartel de agua no potable, explícito, mortificante. Hay por allí un anciano con
el aspecto necesario para saber más sobre el pueblo y su territorio que todos
los encargados del Catastro. Le pregunté sobre la conveniencia del cartel y me
contestó que sí se puede beber, que el lleva toda la vida haciéndolo, lo único
que es agua directa del manantial, sin tratamiento ninguno por lo que el
ayuntamiento se cubre las espaldas en caso de algún problema intestinal por
ingestión. Le damos las gracias, llenamos las botellas y continuamos camino
hacia Villatuerta.
Tardamos muy poco en llegar a la patria de san
Veremundo y menos en cruzar el puente románico sobre el Iranzu camino de la
estatua del santo, al pie de la iglesia de la Anunciación, que comparte patio
con una pila bautismal y un sarcófago antropomorfo. Al poco, ya estábamos de
nuevo pedaleando camino de Estella. En esta última, villa de hermoso puente,
palacio real e iglesias imponentes, sellamos en la Oficina de Información sobre
las once de la mañana y continuamos. Nos separamos de nuevo pues necesito un
cajero para extraer dinero metálico y no quería hacer perder el tiempo a nadie.
Ya les cogeré. Y así es, pues en Irache volví a encontrar a Juan que me
esperaba junto a la famosa fuente del vino en las bodegas junto al monasterio
del s.XI situado en las faldas de Montejurra. Seguimos, a través de Azqueta,
rumbo a Villamayor de Monjardín por bosque mediterráneo y cultivos de cereales.
Desde Azqueta se puede contemplar el castillo de
Monjardín, enclavado en un arriscado promontorio. A sus pies se encuentra la
Fuente de los Moros, aljibe medieval y a unos 800 metros Villamayor de
Monjardín con las faldas del cerro donde se enclava cubiertas de vides. La
salida del Camino desde Villamayor es cuesta abajo aunque debe llevarse
precaución pues cuenta con escalones que no permiten que el terreno sea
arroyado con alguna tormenta. El camino hasta Los Arcos es monótono y bajo el
calor del mediodía parecíamos más bien vaqueros en un western que peregrinos
hacia Santiago. Alcanzamos finalmente Los Arcos donde Juan decidió quedarse a
dormir. Comimos juntos y pregunté al camarero si hay una piscina municipal, lo
que este me confirmó. Hacia allá, tras la comida, dirigí mis pasos aunque me
surgió un dilema pues no podía dejar la bici y las alforjas a la vista así que
pregunté a una chica muy amable que se encontraba en la puerta. Ésta me dijo
que la bici no la podía meter pues cualquiera del ayuntamiento podría echarle
la bronca por ello pero que si la dejaba atada fuera y metía el equipaje en un
cuartito que tenía allí mismo yo podría darme un baño más a gusto. Y así se
hizo. Hay gente amable por todas partes. Tras el baño le invité a un refresco y
charlamos largo y tendido. Ya más fresco, continué hasta Sansol y Torres del
Río, donde pernocté no muy lejos de la octogonal iglesia del Santo Sepulcro.
Sólo cayeron ese día 51 km pero creedme si os digo que el agua de la piscina de
Los Arcos estaba en su punto.
Capítulo 4
Pontífices y trogloditas
Torres
del río (Navarra). 02 de julio de 2015
Tras el desayuno me dispuse a dejar Torres del río
cuando descubrí que tenía una rueda pinchada. Hinché la cámara y en un lavabo
del albergue comprobé la localización del pinchazo. No lo encontré y la cámara
parecía intacta. Un vecino con el que estuve charlando la tarde anterior, muy madrugador,
me indica que por la zona hay unas plantas, como abrojos, que pinchan las
ruedas con un agujero tan sutil que apenas pierde. A él le ha pasado en varias
ocasiones. Comprobé la cubierta que estaba limpia de pinchos. La cámara ya
tenía muchas reparaciones por lo que decidí comprar una nueva en cuanto tuviera
ocasión y, aunque llevaba otras dos de repuesto, monté la cámara “aparentemente”
intacta. Torres del río es un pueblo paradójico en el que el Camino de Santiago
entra por la vega, abajo, cubierta de huertos, de vida, y se sale de él por el
cementerio, la muerte, en lo alto del pueblo.
El Camino va trazando sus sinuosidades a la par de la
cercana carretera comarcal y en una de ellas me encontré al bueno de Juan quien
había madrugado lo suyo ese día. Descendimos a pequeños vallejos y ascendimos
lomas hasta que pudimos ver Viana recortada hacia el oeste. Subimos a la villa
y penetramos en ella a través del portal de la Trinidad, llegando a la plaza
del Coso. Continuamos por la rúa de Santa María y desayunamos, de nuevo, en la
terraza de un bar en la plaza de los fueros, entre el Ayuntamiento y la iglesia
de Santa María.
En la ruina consolidada de la Iglesia de San Pedro
hice unas fotos antes de abandonar Viana y tomar rumbo hacia Logroño, ya
visible a lo lejos. Entre huertas y casas de campo avanzamos por la campiña, si
no riojana administrativamente si en cuanto a geografía. Junto a la Papelera
del Ebro se encuentra el mojón del límite provincial con un escueto “Provincia
de Logroño” tallado. La llegada a Logroño es muy suave, a través de un andadero
asfaltado. Antes de cruzar el famoso puente de piedra descubrí una tienda de
bicis, “Veni, Vidi, Bici”, cuyo nombre me hizo gracia y compré una cámara
nueva. La que llevaba montada ya había dado lo suyo y, aunque perdiendo poco a
poco, había resistido hasta allí. Me acordé del amigo de Torres del río.
Cruzamos el puente de piedra sobre el Ebro, cuya obra
primitiva construyeron los “pontífices” Santo Domingo de la Calzada y San Juan
de Ortega en el s.XI, y ya en Logroño me despedí de Juan, quien allí terminó su
Camino, no sin antes tomarnos unos vinillos en la archiconocida calle Laurel.
Enfilando de nuevo la ruta, me dirigí a través de una carretera flanqueada de
cipreses con un ambiente muy romano, hasta el embalse de la Grajera, área de
recreo de la capital riojana. Tras un repecho corto pero exigente, y aunque
eran las dos de la tarde, disfruté de unas hermosas vistas con vides en primer
plano, el bosquete que rodea el embalse en plano medio y, al fondo, la capital
riojana. En este momento decidí seguir hasta Santo Domingo de la Calzada.
Para ello debía pasar primero por Navarrete, lo que me
llevó una hora bajo el sol de un mediodía en pleno mes de julio. Paré en
Navarrete a refrescarme un poco y comer, lo que hice junto al cementerio. No
penséis mal. Este cementerio cuenta con una portada y unos ventanales que
pertenecieron al Hospital de San Juan de Acre, junto a cuyas ruinas se pasa
antes de llegar a Navarrete. Comía tranquilamente cuando apareció, buscando la
sombra, una peregrina inglesa, de nombre Lynn. Nos saludamos y me contó que ha
perdido un día en Navarrete pues llegó antes de ayer y lo celebró cogiéndose
una tremenda borrachera que necesitó de un día de cura. Le recomendé que parase
en Ventosa (5 km), que no se esforzase demasiado con aquel calor y le pregunté
sobre si llevaba agua bastante. Me miró como si fuera una vampira y le hubiera
mencionado el agua bendita. Me despedí con un ¡Buen camino! homologado por
decenas de miles de peregrinos y seguí rumbo a Nájera de la que me separaban
apenas 15 km.
Tras superar Ventosa, desde el Alto de san Antón ya se
ve en la lejanía Nájera, aún muy distante pero que a la mulita le hacía cocear
de emoción. Viñas y más viñas nos acompañaban hasta las puertas de Nájera a la
que accedimos a través de un polígono industrial. Topé con una tentadora piscina
municipal pero logré aplacar mis ansias de refrigeración y crucé el puente
sobre el Najerilla. Al otro lado está el casco antiguo, con casas blasonadas y
el monasterio de santa María la Real que acoge los restos de varios reyes y
reinas de Navarra. De telón de fondo de la villa hace un farallón de arenisca
repleto de covachas y abrigos, presumiblemente ocupado en otros tiempos y hoy
en día visitable.
Por vía asfaltada se llega a Azofra donde repuse
víveres, tan necesarios sobre la bici. Recuerdo en este pueblo, hace unos años,
en la puerta de un bar, como disfrutamos e incluso se nos cayeron las lágrimas
al escuchar como una peregrina americana y amiga, Caryn, entonaba un aria.
Guardo muchas cosas bellas en el alma y esta es una de ellas. La vida nos
ofrece multitud de regalos. Continué en solitario por unas pistas solitarias en
las que recuerdo haber tenido la sensación de estar perdido. Finalmente alcancé
Cirueña y tras unos kilómetros, en lo alto del último repecho, vi por fin Santo
Domingo. Solo me separaban de él unos pocos kilómetros y una larga cuesta abajo
que, ante la emoción, no me percaté de que estaba repleta de grandes cantos
sueltos, muy peligrosos y que casi me hicieron caer.
Llegué, por fin, a Santo Domingo de la Calzada tras 72
kilómetros y me hospedé en la Casa de la Cofradía del Santo, ubicada en un
antiguo palacio y con renovadas instalaciones. Un peregrino irlandés tocaba en
un acordeón canciones de su tierra, ya sabéis, canciones de esas que dan ganas
de tomarse una pinta de cerveza bien negra y bien espesa. La mulita durmió
aquella noche en cuadra, muy vigilada dados sus hábitos nocturnos y
pendencieros.
Capítulo 5
El trigo que no cesa
Santo
Domingo de la Calzada (Logroño). 03 de julio de 2015.
A las siete de la mañana, tras el potente desayuno y
la toma de algunas fotos de la catedral enfilé hacia el puente que construyó
Santo Domingo para atravesar el río Oja, que da nombre a la Comunidad, allá por
el s.XI. Pocos kilómetros más allá y tras haber superado a buena parte de los peregrinos
pedestres que partieron, como yo, de Santo Domingo, me percaté de que había
pinchado. Me dispuse a cambiar la cámara y ahora eran los pedestres los que me
superaban a mí, devolviéndome el repetido saludo peregrino “¡Buen camino!” con
multitud de acentos. Uno de ellos, incluso, se ofreció a ayudarme, algo que
agradecí pero rechacé pues la reparación a mí me llevaría poco tiempo pero ese
mismo tiempo a él le obligaría a caminar bajo el sol de mediodía durante más tiempo.
Poco después volví a estar en ruta llegando en breve a Grañón, último pueblo de
La Rioja.
Cada vez eran más extensos los trigales que adornaban
como petachos enormes los ropajes pardos de un gigante dormido bajo el inmenso
cielo azul. Atravesando varios pueblos de esta Castilla, llegué a Belorado con
casi 50 km recorridos en tres horas. Me abastecí en un supermercado y desayuné,
de nuevo, en la plaza mayor, en parte porticada. Aquí replanteé mi estrategia
que consistía en llegar hasta Atapuerca para pernoctar pero que, con el buen
tirón que le había dado esa mañana, podría llegar a Burgos. Son casi 50
kilómetros pero de factible realización. Con el nuevo plan trazado, sin prisa
pero sin pausa, traté de retomar el Camino aunque lo extravié varias veces antes
de salir siquiera de Belorado y es que el Camino es más sencillo de seguir en
soledades, desiertos, páramos y campas que en algunos núcleos habitados.
Logré, por fin, encontrar el puente del Canto, por
donde cruza la carretera el río Tirón. El Camino, sin embargo, lo hace en
paralelo por una pasarela de madera. Tras pasar Tosantos, paré junto a la
fuente de los cuatro caños en Villambistia para rellenar botellas de agua, que
dicen, tiene poderes. No lo dudé. Remojé la cabeza, bebí unos tragos y me encontré
en la gloria bajo la sombra de un árbol. Un individuo ataviado con un mono
mecánico me contó la historia de la fuente. Curioso tiempo éste en que los
profetas visten ropas con el nombre de algún taller impreso. Tras despedirme pedaleé
camino a Villafranca Montes de Oca a la que, tras dejar atrás la ruina del
monasterio mozárabe de san Félix cabe el camino, no tardé en llegar.
Tomé un refrigerio (jarra de cerveza con limón, bien
fría) en un bar barrocamente adornado con multitud de fotografías y referencias
marcadamente ultraderechistas. Salí de allí ileso y compré fruta en una tienda
cercana disponiéndome a subir el puerto de la Pedraja hasta el Monumento a los
caídos de la Guerra Civil, punto más elevado de la ruta de ese día. El primer
tramo, hasta la fuente de Mojapán es muy empinado por lo que hice repetidas
paradas a la sombra de los árboles que saltean al borde del camino. En uno de
los descansos paré a la sombra de una encina a la que también se hallaba
refugiada una peregrina. Conversamos un rato sobre los inconvenientes de
caminar o pedalear, sobre la diversidad de los países (ella resultó ser
colombiana), sobre el calor y otras intrascendencias. Frente a la fuente decidí
parar, bajo un acogedor techado, a comer. Comienzo a sacar pertrechos y alimentos
y buscando los cubiertos descubro que me he dejado la mochila en el bar de
Villafranca. Desolado, hambriento, azotado por el calor, emprendo la vuelta al
bar. El descenso fue vertiginoso y afortunadamente la mochila seguía donde la
dejé. Volví a subir el puerto hasta la fuente y paré a comer.
Con el estómago convenientemente saciado, enfilé el
último trecho del puerto cerca de las tres de la tarde. Aún quedaba un
tironcillo hasta el Monumento a los Caídos pero menos empinado que el tramo
recorrido y en poco tiempo llegué a él. Allí paré un momento entablando conversación
con un mexicano que descansaba a la sombra. Yo decidí continuar y lo que creía
sería leve cuesta se convierte en un tobogán espectacular de fuerte bajada y
enorme repecho posterior. Superado, el camino continúa a través de un
cortafuegos rumbo a San Juan de Ortega. No sé a qué mente privilegiada se le
habrá ocurrido trazar un cortafuegos sobre un Camino milenario de fama
universal pero esto es España y no hace falta enemigos externos, ya nos
exterminamos nosotros solitos.
Bajaba por la ruta hacia San Juan de Ortega, a través
de un bosque de pinos interminable, cuando descubrí muchos metros por delante
un bulto oscuro en mitad del camino. Cuanto más me aproximaba, mayor era el
bulto hasta que pude precisar que era una persona. Llegado a su lado descubrí
que era mi amiga colombiana que estaba descansando sentada en medio del camino
sobre la mochila. Seguramente para prevenir picaduras de serpientes o
alacranes. Le pregunté si se encontraba bien y me dijo que ya la tenía
preocupada pues no le había adelantado antes. Entonces le conté la historia de
la mochila y nos reímos un rato. Finalmente nos despedimos y le aconsejé que no
se sentara en mitad de los caminos que eso, en España, era insólito y podía
acarrearle algún accidente.
En San Juan de Ortega me tomé una cervecita con limón
y sellé la Credencial del Peregrino en el albergue del monasterio. No pasé a
contemplar el capitel románico en el que incide el sol durante los equinoccios
porque estaba cerrada la iglesia así que partí camino de Agés. El pueblo me pareció
tomado por una horda de neohippies quizá todos peregrinos y extranjeros que
contrastaban con la rusticidad tradicional de la arquitectura popular. Luego,
por el arcén de la carretera, llegué a Atapuerca y por una pista pedregosa en
ascenso hasta la Cruz de Madera, lugar desde el que ya se divisa Burgos, mi
meta de ese día. La mulita, y yo sobre ella, descendimos hasta Villalval y de
allí a Cardeñuela Riopico donde nos refrigeramos y encontramos wifi.
Apenas 14 km me separaban ya de Burgos. En una hora
aproximada estaría allí así que enfilé por carretera hacia Orbaneja Riopico, de
allí a Castañares por la valla del aeropuerto de Burgos y luego por el andadero
hasta Burgos mismo. Me instalé en el albergue municipal, junto a la catedral,
en pleno centro histórico tras 98 km desde Santo Domingo. Ese día me cundió
bastante.
Capítulo 6
Canales, palomares y soledad
Burgos.
04 de julio de 2015
La noche en Burgos fue un tormento. Quizá logré dormir
entre unos momentos y otros un cuarto de hora. En primer lugar, un peregrino del
que no supe jamás su nacionalidad, entre otras cosas porque me daba igual, nada
más acostarse comenzó a roncar como el motor de un camión viejo pero cuando
creímos que nada podía ser peor entró de lleno en el mundo de los sueños y
mantuvo un acalorado debate con la reina de los elfos o con su puta madre, todo
percibido a distancia. Una chica que descansaba en la litera de al lado de la
mía comenzó a reírse lo que coincidió con los aspavientos del soñador y a más
de uno se le contagió la risa. Fueron los molinillos y combates de boxeo
creciendo en furia y, aparentemente, perdiendo efectividad pues, en un momento
dado, el soñador pegó un gran salto de la cama cayendo de boca al suelo si bien
cuando todos creíamos que se habría matado y podríamos dormir ya, se levantó.
Masculló algo que no pareció humano y trepó a su cama. El descojone fue
generalizado. A todo ello habría que añadirle que aun siendo una planta alta el
ruido de la calle en fiestas llegaba con toda su atronadora intención.
Resultado el expresado al comienzo, un cuarto de hora de sueño más o menos.
Para colmo a las cinco y media de la mañana sonó una alarma general en todo el
edificio. El ejército peregrino se lanzó a la calle, huyendo de aquel lugar
funesto y ruin con el descanso ajeno. Mi mula, muy molesta también por la falta
de descanso, no lograba encontrar la ruta apropiada que nos alejará de aquella
ciudad rumbo a Santiago. Tras tres cuartos de hora logré hallar el camino
correcto por medio de la intuición pues en mitad de la noche es difícil
orientarse en una ciudad extraña.
Para colmo estaban realizando unas obras en la
nacional que obligaban a dar rodeos al Camino. Cruzando el Arlanzón por última
vez llegué a Tardajos y pude desayunar tranquilamente. Aquella mañana,
recuerdo, hacía fresco y me puso sobre aviso de lo que podría encontrar más
adelante. Atravesé el “fangal” del río Urbel y después Rabé de las Calzadas
buscando el camino que me llevase a la Fuente de Praotorre, famosa y en la que
esperaba reparar la cámara pinchada el día anterior. Llegado a Praotorre hice
lo más urgente primero: liarme un cigarro y fumármelo mientras contemplaba a
Helios, el de los dorados cabellos, elevarse sobre el horizonte. Esta zona está
dotada con un merendero en torno a la famosa fuente que hoy abastece un
mecanismo de bombeo como el de las películas de western. Tal era el mecanismo y
tal fue mi bombeo, tomando lo preciso para poder encontrar la punzada en la
cámara de la bici.
Arreglado el pinchazo, continué rumbo oeste para
cruzar por Hornillos, un pueblo de aspecto medieval y subir, por un camino
amparado por montaneras de piedra, hasta el desvío del albergue del arroyo san
Bol, del que hice caso omiso, continuando hasta Hontanas que sorprende apareciendo
en el último momento. Aquí decidí desayunar de nuevo coincidiendo con una
pareja de bicigrinos alemanes en el bar de unos emigrantes cubanos. Parece
mentira pero cualquier lugar puede convertirse en un momento en una delegación
de la ONU. La calle mayor de Hontanas está en cuesta y por ella descendí hasta
cruzar la carretera y continuar la senda hacia Castrojeriz.
Pronto se ven las ruinas del convento de san Antón
que, en su originalidad, atraviesa la carretera bajo sus arcos. Aquí se trataba
el ergotismo o fiebre de san Antón, producido por un hongo llamado cornezuelo
que contaminaba el centeno. Los frailes de san Antón curaban a los enfermos
dándoles pan de trigo candeal. Como curiosidad añadiría que estos frailes
llevaban una gran Tau azul sobre el pecho. En Castrojeriz, ciudad medieval
imponente, pude contemplar las dos calaveras grabadas en el lateral de la
iglesia de santo Domingo con el lema “O mors, o eternitas” (Oh muerte, Oh
eternidad). Recuerdo que compre en una tiendita próxima al ayuntamiento algunas
provisiones (fruta, pan, leche,...) y conversando con la propietaria me indicó
que podría prescindir de subir al Teso de Mostelares si lo bordeaba por
Castrillo Mota de Judíos (antes de Matajudíos). Agradecido por la confidencia y
siendo tan bien mandado como soy tomé la carretera de Castrillo, dejando el
Teso a mi izquierda, inmenso pero solitario por mi abandono.
Entre los Iteros (del Castillo y de la Vega) crucé el
Puente Fitero sobre el Pisuerga, dónde comienza Palencia y descansé brevemente
en un parquecito de Itero de la Vega. Las tierras que me rodeaban son poco
elevadas, predominantemente amarillas de cereales horneándose al sol de julio
en espera de la cosecha inminente. “Son tierras para el águila, un trozo de
planeta por donde cruza errante la sombra de Caín” como dijera Machado. Con la mula
ya reposada, me dirigí hacia Boadilla del Camino donde paré a contemplar el
rollo jurisdiccional barrocamente ornado que preside una pequeña plaza al
costado de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en donde, por estar ya
cerrada, no pude ver la pila bautismal románica.
Dejé Boadilla rumbo a Frómista y pronto el camino
corrió paralelo al Canal de Castilla, obra monumental de ingeniería hidráulica
que llevaba el cereal castellano hasta el Cantábrico, dejando de usarse para
tal fin por la implantación del ferrocarril. Tras cruzar el Canal por una
esclusa en las afueras de Frómista, me dirigí hacia el centro del pueblo para
buscar un lugar donde comer tranquilo, con la mula a resguardo y aire
acondicionado. Y ¡Eureka!, que diría Arquímedes. Cuando acabé de comer me
asaltó la idea de una siesta, en un lugar fresco, tranquilo, donde se escuchase
el agua y recordé la esclusa por donde había atravesado el Canal. Hacía allí me
encaminé disfrutando de una siesta de beato (“oh monte, oh campo, oh río…” a lo
Fray Luis de León) sobre un banco a la sombra de unos árboles, acunado por el
rumor del agua.
Recuperado a las incidencias físicas del mundo,
regresé a Frómista y llegué hasta la iglesia de San Martín, perfecta en
construcción, decoración y conservación. Contemplada esta preciosa obra
románica continué el Camino por Tierra de Campos, siguiendo un interminable
andadero marcado por dobles parejas de mojones jacobeos que marcaban cada cruce
de caminos, tan próximos entre sí que había que extremar la precaución para no
dejarse las alforjas en ellos. Al menos estos distraían de la monotonía del
paisaje castellano en el que el cielo quiere pegarse a la tierra y esta parece
arder al calor de la tarde. Atravesé Población, Revenga y Villarmentero, todos
apellidados de Campos. Son incontables los palomares, muchos arruinados, que
con forma circular y muy capaces se erigen en estas tierras. Al fin llegué a
Villalcazar de Sirga donde me sentó de maravilla una cerveza con limón y pude
contemplar el Pantocrátor que adorna la entrada sur de la templaria Santa María
la Blanca.
Con seis kilómetros de separación, emprendí el último
tramo de la quinta etapa llegando a Carrión de los Condes donde me alojé en el
Monasterio de Santa Clara del s.XIII, cómodamente instalado en una celda conventual.
Aquel día fue también muy fructífero cayendo, a golpe de pedal, 93 kilómetros.
La mulita no sabía si beber o echarse al pilón.
Capítulo 7
De profundis clamavi ad te, domine
Carrión
de los Condes (Palencia). 05 de julio de 2015.
Mientras desayunaba en un bar, a las siete y media de
la mañana y aun en Carrión, recordaba los sucesos de la noche y sonreía. Tras
la ducha, prescrita por sabios doctores de todos los tiempos, y con ropa limpia
salí del convento para estirar las piernas y devolverles así una sensación
terrenal de la naturaleza. Tras un paseo relajante me dispuse a cenar en un bar
al azar en el que recuerdo me quedé embobado frente a la televisión como si
llevase un siglo entre bárbaros antropófagos. Concluida la cena, vagué un rato
breve por el centro de Carrión pues a la vuelta de una esquina ya me vi en las
afueras por lo que, volviendo sobre mis pasos, traté de encontrar el camino de
vuelta al convento y lo hallé.
Recuerdo que quien me atendió a la llegada al convento
fue una especie de sacristán muy puntilloso, extremadamente, cuyas
observaciones sobre el uso de puertas, cerraduras, llaves y encendido eléctrico
parecían tesis doctorales por lo abigarradas. La verdad es que cuando pensé con
temor “ahora me hace repetirlo”, se dio la vuelta y se marchó.
Bien, pues ahora, bien cenado, a la puerta del
convento, con un puñado de llaves ajenas en la mano, me vino a la memoria toda
la lección del sacristán pero de forma caótica. Afronté la primera reja, la de
la calle, y busqué la llave que abriera aquella cerradura lo que me llevo sólo
dos intentos, pudiendo acceder al patio primero del convento. En él descubrí
dormitando a la mulita, atada a un banco. Frente a la segunda puerta, de madera
con casetones, me demoré algo más y cuando ya parecía un ladrón forzando la
cerradura atiné con la llave y la puerta se abrió. Esta puerta daba acceso a
una escalera que ascendía hasta un primer piso, de crujientes vigas de madera.
Encendí la luz que tenía un temporizador y aceleré por si se apagaba. Tras unos
pocos giros de pasillo y otra puerta con llave, conseguí llegar a la puerta de
mi celda-habitación de nueve metros cuadrados sin que se apagase la luz. Cerré
y respiré aliviado mientras me encendía un cigarro. Procedí al aseo nocturno y
me acosté.
Al apagar la luz, oí claramente como alguien, o algo,
pronunciaba mi nombre en la oscuridad. Presté atención pero al no repetirse,
cerré los ojos y no tardé en ponerme a roncar.
Concluido el desayuno me encaminé hacia el puente que
cruza el río Carrión junto al monasterio de san Zoilo, saliendo de Carrión de
los Condes. Tomé, siguiendo el trazado del Camino, la carretera de Villotilla
que, aunque de arcenes invadidos por la hierba, es poco transitada por
vehículos. Muy pronto pasé junto a lo que fue la abadía de Benevivere y, un
poco más adelante, comencé a pedalear sobre milenios de historia. Se trata de
la vía Aquitana, calzada romana que unía Burdigala con Asturica Augusta. En un
momento dado, encontré a una pareja que llevaba alrededor de 10 podencos con
traílla, quizás para cazar con ellos. Avanzaba a buena velocidad por esta
tierra sin desniveles y en poco tiempo me encontré en Calzadilla de la Cueza,
tras 17 kilómetros.
Más tarde, superé Ledigos rumbo a Terradillos de los
Templarios donde sellé en el albergue Jacques de Molay pues este era el nombre
del último Gran Maestre de la Orden del Temple, muerto en la hoguera un viernes
trece, de ahí la superstición. Salí en seguida hacia Moratinos y San Nicolás
del Real Camino, pueblo donde despido la provincia palentina con un bocata de
chorizo frito y un buen vino. Estaba de antojo y ya había recorrido 32
kilómetros. La senda sigue paralela a la nacional 120 hasta que pasa al otro
lado y yendo a la vereda del río Valderaduey lo acaba cruzando por un puente de
piedra. Con ello llegué a una ermita románico-mudéjar llamada de la Virgen del
Puente que fue antiguo hospital de peregrinos. Ya solo me quedaban 3 kilómetros
para llegar Sahagún.
Al llegar a Sahagún no puede uno por menos que admirar
el arte mudéjar que adorna sus templos. Como llevaba la mula hecha un asco
decidí darle un lavado en un lavadero para coches que vi en una calle. Tras
ello y esperando que se secase me dirigí a la plaza de Santiago para tomar un
tentempié. Poco después salía de la villa por el puente Canto, sobre el Cea,
siguiendo una pista asfaltada sombreada por falsos plátanos que hacen el camino
más fácil durante unos treinta kilómetros, con algunos claros. Tras diez
kilómetros de pedaleo alcancé Bercianos del Real Camino.
En este pueblo paré a tomar un refrigerio entablando
conversación con la dueña del bar y un cliente que trataron de convencerme del
abandono del tabaco por el modo simpático. Tras este agradable rato retomé la
pista de los pseudoplátanos camino de El Burgo Ranero. En el Burgo paré a comer
y tras acabar salió el camarero que me atendió a la carrera tras de mi con la
mochila en la mano. ¡Nuevamente se me había olvidado! Me puse de nuevo en ruta
y al pasar Reliegos me paré en un área de descanso techada y con fuente para
lavar y tender ropa que se secó en menos de media hora con el aire caliente de
la tarde. Aquel aire secaría al mismo Jonás de las babas de la ballena. Después
continué rumbo a Mansilla de las Mulas. Poco antes de llegar, la pista se acaba
para salvar la carretera nacional por un viaducto.
Mi destino de ese día estaba dudoso. No sabía si
quedarme en Puente Villarente, Arcahueja o el mismo León, opción esta última
que desde la “noche toledana” de Burgos no me apetecía repetir en una gran
ciudad. Pero el destino, el azar o la mala cabeza decidieron por mí. Me
equivoqué de camino y salí de Mansilla siguiendo unas flechas blancas cuando
todo el Camino se orienta con flechas amarillas. Pensé que eran unos chulos
estos de Mansilla y en ningún momento me di cuenta de lo equivocado que estaba
hasta que no llegué al pueblo siguiente y que no tenía el nombre esperado de
Villamoros de Mansilla sino Villacelama. Como no estaba cansado pese a los 80
kilómetros pedaleados ya y como se veía el paisaje muy plano me decidí a seguir
un poco más. Pasé por Villanueva de las Manzanas y entonces, cuando me veía
muerto y devorado por los tordos en mitad de un maizal, consulté el Google
Maps. Me indicó que más adelante salía una carretera que a través de
Villarroane, San Justo de las Regueras y Marne llegaría a Puente Villarente.
Decidido. Iría por allí, a través de plantaciones de maíz y verduras.
Llegué con tiempo a Puente Villarente hospedándome en
un albergue en el que estuve solo pues incluso los dueños se fueron por una
celebración familiar. Este albergue, muy nuevo, con un gran patio con césped
fue muy acogedor y dormí perfectamente toda la noche quizás por haber recorrido
ese día 97 kilómetros o porque nadie me llamaba.
Capítulo 8
Desafiando a Don Suero
Puente
Villarente (León). 06 de Julio de 2015.
Muy temprano dejé el albergue y comencé a pedalear
rumbo a León porque ya había percibido que atravesando una ciudad se pierde
mucho tiempo. Por una pista con más aspecto de ser utilizada por los camiones
del polígono cercano que por caminantes me acerqué a Arcahueja, parando un
momento en un área de descanso antes del repecho que me llevaría hasta el
centro del pueblo. Afronté este repecho con decisión y llegué a la plaza del
pueblo sin resuello, literalmente, por lo que me asuste y decidí el dejar de
fumar. Sorteé varios toboganes hasta la pasarela peatonal sobre la N601 que te
deja en el lado correcto para llegar a Puente Castro sin problemas. Desde aquí
todo era descenso hasta el puente de piedra del s.XVIII sobre el Torio, ya en
León. Me dirigí callejeando hasta Santa María del Camino, la casa Botines, la
plaza de la catedral y desde allí a la Real Colegiata de San Isidoro y el
Hostal de San Marcos que fue prisión de Quevedo.
Crucé el Bernesga y seguí recto hasta una pasarela que
salva las vías del tren y te deja en Trobajo del Camino ¡ya estaba fuera de
León!. Salimos de Trobajo, la mula y yo, por el Camino de la Cruz que lleva a
un polígono industrial y de este a Virgen del Camino. Salí del pueblo y paré a comer
algo junto a una antena y contemplar, mientras tanto, las acrobacias aéreas de
unos aviones del ejército. Llevaba ya unos veinte kilómetros y vi pasar a dos
parejas de franceses que pilotaban sendos tándems. Más adelante volvería a
coincidir con ellos.
Buena parte de la ruta del día discurriría junto a la
N120, lejos de la tranquilidad de días pasados, atravesando el páramo leonés.
Así llegué a Valverde de la Virgen y San Miguel del Camino. Más adelante pare a
tomar un café en Villadangos del Páramo en la cafetería que tiene la
propietaria del albergue, sellando la Credencial. Salí escoltado por unos
chopos pero rápidamente me vi nuevamente junto a la N120. Ahora podía elegir
pues hay senda a ambos lados de la nacional. Ya se veía a lo lejos el depósito
de agua de San Martín del Camino.
Pasado San Martín y a mitad de camino hacia Hospital
de Órbigo, crucé el Canal de la Presa Cerrajera que desde la Edad Media riega
estos campos. Se me encabritó la mula al llegar a Puente de Órbigo sabedora de
la historia del Passo Honroso que protagonizará Don Suero de Quiñones. Este
caballero reto a combate de lanzas a todo aquel caballero que quisiera cruzar
el puente allá por el siglo XV. Crucé el puente sin mirar atrás y me encontré
en Hospital de Órbigo. Busqué un buen lugar para fotografiar el puente y
reposar un rato a la sombra pues sumaba ya 45 kilómetros a la una menos cuarto
de la tarde. Reposado, decidí tomar una cervecita con limón en uno de los bares
de la población, sin perder de vista a la mulita porque tiene un carácter
impetuoso.
Desde Hospital de Órbigo salí rumbo a Villares de
Órbigo y Santibañez de Valdeiglesias, por fin alejado del estruendo de la N120.
Tenía tres hitos en mente antes de llegar a Astorga y eran una cruz labrada a
la que escoltan unos espantapájaros a la salida de Santibáñez, la Casa de los
Dioses y el crucero de Santo Toribio antes de llegar a san Justo de la Vega.
Poco después podía ver el primer hito y, con mucho cuidado por lo pedregoso del
camino, no mucho más tarde llegué al segundo en lo alto de una meseta. La Casa
de los Dioses es una nave transformada en albergue de peregrinos, en mitad de
la nada y por eso mismo muy útil para quienes ya no tienen fuerzas para llegar
a San Justo de la Vega. En el otro extremo de la meseta en la que se enclava la
Casa de los Dioses se encuentra el crucero de Santo Toribio, lugar desde el que
ya divisé Astorga y, a lo lejos, el Teleno de casi 2200 metros.
Una rápida bajada me condujo al centro de San Justo de
la Vega donde paré a comer. Estábamos a más de 105 º farenheit y me apetecía
una cerveza con limón bien fresca. Me preguntó el camarero que si caña. Le contesté
que no, que algo donde pudiera nadar. Entre risas y verás le dije que si no
tendría en la carta cocido maragato. Y allí estaba yo, en pleno julio
afrontando aquella prueba. Cuando terminé de comer y reposé algo me fui rodando
hasta la mulita y continué camino hacia Astorga.
Atravesé el río Tuerto por una pasarela metálica y,
más adelante, el Jerga por un puente y las vías del tren por un laberinto
metálico accediendo a una rotonda decorada con un “Asturica Augusta” que pone
la carne de ave de corral. Ascendí al centro de Astorga por una empinada cuesta
y contemplé el ayuntamiento, que luce una pareja de autómatas maragatos, el
palacio episcopal y la catedral. Poco después salía, ante la tentación de
innumerables confiterías, rumbo a la ermita del Ecce Homo.
Tras salvar la A6 por un paso elevado, me dirigí a
Murias de Rechivaldo donde paré a tomar agua de una fuente. Se me abrió la
posibilidad de seguir el Camino por su trazado original o desviarme, por
carretera, hacia Castrillo de los Polvazares, lugar maragato universalmente
conocido. Tomé esta segunda opción y visité el pueblo de Castrillo, aunque de
forma breve. Luego continué hacia Santa Catalina de Somoza, con viento de cara
y ya bastante cansado. Me albergué allí, finalizando con 70 kilómetros una
bonita jornada.
Capítulo 9
¡Al cielo con ella!
Santa
Catalina de Somoza (León). 07 de julio de 2015.
Me levanté muy temprano el día de san Fermín pues
tendré que encarar uno de los hitos complicados del Camino: la escalada a la
Cruz de Ferro en Foncebadón. Desayuné en el bar del albergue y le comenté al
dueño que se parecía a un primo mío cuyo padre es de la zona, dicho con todas
las reservas y sin ánimo de ofender, añadí. El chaval no se lo tomó a mal y me
preguntó que de qué pueblo era mi tío. Le respondí que de Molinaferrera a lo
que contestó: “¡coño! ¿No será tu tío “el de las vacas”?” A lo que dije que no,
que tuvo una pescadería en Madrid. El expuso que eso no era ninguna pista pues,
me lo creyera o no, casi toda la gente que salió del pueblo era pescadero. Tras
un rato más de charla me despedí y comencé el pedaleo, en ascenso ya, camino de
El Ganso.
En El Ganso reposté agua fresca en una fuente junto a
la iglesia de Santiago. Poco después salí rumbo a Rabanal del Camino pueblo
desde el que se aconseja a los bicigrinos seguir por la carretera y, aun así,
hay que empujar la mulita en más de una ocasión. En una de ellas me rebasaron
un par de bicigrinos (un francés con carrito y un catalán) que se preocuparon
amablemente por si necesitaba ayuda y continuaron. Tras seis kilómetros de
cuestas y más cuestas, de pendientes variadas pero siempre en ascenso, se llega
a Foncebadón, pequeño núcleo que sobrevive gracias al Camino de Santiago y al
continuo peregrinaje. Paré en un bareto que regenta un caballero legionario
paracaidista, poco hablador eso si, y en el que coincidí con unos bicigrinos de
Zamora que también estaban haciendo el Camino. Tras un par de cañitas con limón
decidí afrontar el último repecho hasta la Cruz de Ferro. Fue en este momento
en el que decidí cambiar, en cuanto fuese posible, el cassete de piñones, uno
de nueve con 11-32 por uno de diez con un 11-36.
Tras rebasar el alto de la Cruz de Ferro, techo del
camino francés en España con 1500 metros, me encontré, instalada a la izquierda
de la carretera, una caravana-bar que me decía “párate, párate”. Y así lo hice.
Estuve charlando con la pareja que lo llevaba y me dijeron que venían de
Astorga todos los días. Yo les comenté lo de mi tío y me preguntaron que si era
“el de las vacas”. Aquí no pude por menos que echar una carcajada y decir que
ese tío era más famoso que el toro de Osborne. Pasé un rato agradable pero
tenía que continuar así que comencé de nuevo a pedalear rumbo a Manjarín.
En Manjarín está el albergue más original del Camino.
Regentado por un individuo que se cree un templario, no tiene electricidad
siquiera pero, os puedo asegurar, que siempre hay gente en ese albergue. Tras
llanear un poco subí, siguiendo la carretera, hasta la valla de una antigua
base de transmisiones del ejército. A partir de aquí se inicia un descenso
vertiginoso hasta Molinaseca que puso a prueba los frenos de la mulita. Pero
aun debí atravesar El Acebo y Riego de Ambrós. Pasado El Acebo me encontré con
el Francés y el Catalán que arreglaban un pinchazo. Paré un momento y pregunté
si necesitaban algo. Tenían de todo por lo que continué.
Una vez en Molinaseca, quedaban doce kilómetros hasta
Ponferrada, donde pensaba comer. Eso estaba hecho pero no dejaba de pensar que
al día siguiente tendría que franquear el otro hito del Camino: el Cebreiro. No
hay descanso para los ciclistas. Entretenido como iba no me percaté y seguí por
la carretera Le-142 en vez de ir por Campo. Con ello me perdí la fuente romana.
Más adelante, me cogieron el Francés y su compañero catalán y los tres juntos
entramos en Ponferrada tomándonos unas cervezas junto al castillo templario. Me
contó el catalán (el francés no hablaba castellano) que se habían conocido en
el Camino y que habían formado equipo. Ellos continuaron camino y yo me quedé a
comer en Ponferrada en un restaurante en el que coincidí con los zamoranos. El
mundo puede parecer un pañuelo pero tampoco hay que exagerar.
En Ponferrada había marcado 44 kilómetros desde la
salida de Santa Catalina así que salí despacio hacia Villafranca del Bierzo. Me
llevó un buen rato salir de Ponferrada y ya en ruta, aún tenía la sensación de
ir errado. Por una pista asfaltada llegué a Columbrianos, pasé por Fuentes
Nuevas y atravesé Camponaraya.
Un repecho sombreado por pinos, que cobijan asimismo
una fuente de agua fresca, me dejó sobre un paso elevado por el que salvé la
A6. Rodeado de vides bajé hasta una alameda que crecía al frescor de un arroyo
y, tras superar una colina, Cacabelos se abrió bajo las ruedas de la mulita.
Por Cimadevilla entre en el pueblo hasta que me encontré el río Cúa y en él una
playa artificial con gente dando uso de ella. Aquí decidí que no seguiría hasta
Villafranca del Bierzo sino que pernoctaría en Cacabelos. Releí un mensaje de
mi colega Javier, que me sacaba una jornada, y me decía que había dormido en el
albergue municipal de Cacabelos, situado en una iglesia junto al río, y que
estaba muy bien. No me costó encontrarlo al otro lado del río y vi que se
trataba del Santuario de la Quinta Angustia que aun ahora desconozco cuales
son. Una vez instalado y pertrechado de bañador y toalla me disponía a darme un
baño en la playa fluvial cuando apareció un helicóptero con un cangilón colgado
presto a coger agua del río. Al parecer había un incendio cerca. Fin del baño.
Ese día había recorrido 66 kilómetros superando un
buen puerto pero acabé dándome una ducha como a diario. A veces, el premio es
poder continuar pedaleando.
Capítulo 10
¡Oiga, ni una cebra!
Cacabelos
(León). 08 de julio de 2015.
Salí temprano con el antojo de comer unos huevos con
beicon, con chorizo o con cualquier otra sustancia porcina disponible, en
Pieros a dos kilómetros cuesta arriba de Cacabelos. Tras este frugal desayuno
que tuve que acompañar de un café con dos magdalenas (nada de muffins) casi se
me saltan las lágrimas al comprobar de nuevo, por si había cambiado, el perfil
de la etapa del día. Para resumirlo consistía en subir, subir y seguir
subiendo. Comprobé la presión de neumáticos, estado de cadena, platos, piñones,
frenos, radios.... ¡nada! estaba todo correcto y no encontré ningún pequeño
motivo por el que pudiera demorar la salida. Así que pronunciando un sonoro
“¡Arre!”, salimos la mulita y yo a la conquista del Cebreiro.
Continuos toboganes fueron calentándome las piernas
hasta llegar a Villafranca del Bierzo. En ella me aproximé a la Iglesia de
Santiago para contemplar la Puerta del Perdón, por si acaso. En descenso, pasé
junto al castillo, uno de los pocos aun habitados y fui siguiendo las flechas
amarillas para llegar junto al puente sobre el río Burbia. En este punto el rey
asturiano Bermudo I perdió su corona al perder prácticamente su ejército en un
combate. Cruzando este puente se sale a un barrio de Villafranca que ya da paso
al valle del Valcarce. Pedaleando sin descanso por el arcén de la carretera
llegué a una especie de camino protegido por un muro de un metro junto a la N6.
La sensación es cuando menos de alarma pues, además, sobrevuela cada dos por
tres el viaducto de la A6. Aun así, chopos y castaños hacen más llevadero el
camino hasta Pereje. El siguiente pueblo es Trabadelo, al que sigue Portela de
Valcarce donde paré a tomar un café.
Con la cafeína en las venas, alcancé Ambasmestas y
poco después Vega de Valcarce, núcleo principal del valle y en el que destaca
el castillo de Sarracín sobre un picacho. El siguiente pueblo es Ruitelán y
hasta aquí llevaba 18 kilómetros. Tras este pueblo está Las Herrerías, de
estampa bonita, al que se llega tras atravesar un puente de piedra. Recuerdo
como cuando estaba descansando oí un bramido potentísimo de toro que se repitió
varias veces y me acordé de aquella fábula de Borges sobre Asterión imaginando
como bramaría el Minotauro. Ahora si comenzaba el ascenso del Cebreiro si bien
no tomé la senda sino que subí por carretera. No sé la de veces que paré a la
sombra de algún árbol pero sí sé que se me hizo eterno y cuando creía
vislumbrar la cima, resultó ser Laguna de Castilla, el último pueblo de León en
el Camino de Santiago. En este pueblo paré a comer, muy bien por cierto, en el
restaurante del albergue que no hace mucho administraba un amigo mío.
Tras un merecido descanso, seguí en búsqueda de las
cebras ascendiendo los últimos 2 kilómetros y medio que restaban. Al fin
contemplé la prerrománica iglesia de Santa María la Real de Cebreiro. Allí
sellé la credencial sin sorprenderme por las numerosas monjas que pululaban por
allí y continué pensando en llegar a Triacastela. Para ello me quedaban aun
otros dos puertos: San Roque y el Poyo. En lo alto del último paré a refrescarme
y a consultar mis mapas. Pintaba bien. Todo lo que restaba era cuesta abajo
pero, eso sí, siempre tomándola con cuidado. La bajada a Triacastela fue de
pánico. Las lágrimas mojaban mi espalda, tal era la acción del viento en mi
cara.
En Triacastela me hospedé en un hostal y dejé
estabulada a la mula en un garaje lo que, siendo tan mecánica como es, me
agradeció. Aquel día sumé 60 kilómetros pero ¡qué 60 kilómetros! Fue una
jornada en la que descansé a la sombra de castaños enormes, vi el correr de arroyos
prístinos, apoyé la mula al costado de una payoza, ascendí tres puertos pero me
quedó una herida abierta: no encontré cebra ninguna.
Capítulo 11
Corredoiras, fragas y meigas
Triacastela
(Lugo). 09 de julio de 2015.
Tras dormir como si fuese un santo me dispongo a
desayunar en el bar del hostal. Pido un café con leche y unas magdalenas pero
cuando introduzco la primera, pues soy muy de mojar, ya me está pidiendo otro
café. Tienen mucha ansia las magdalenas de la zona. Con el cuerpo repleto de
azúcar, cafeína y algo de proteína emprendo la salida de Triacastela rumbo, en
primer lugar, a Sarria.
Desde aquí hay dos opciones para llegar a Sarria: una
por san Xil, algo más áspera, más montaraz, según advierten las guías; otra por
Samos, alternando carreteras poco frecuentadas y corredoiras. Yo elijo esta
última porque para salvaje y montaraz ya estamos mi mula y yo. Por ello seguimos
el curso del Oribio (río Sarria) que acompaña a la carretera por la que
discurríamos. Pronto llegamos a San Cristovo do Real que a esas horas de la
mañana parecía suspendido de un limbo temporal en el s.X. Sólo algunos detalles
permiten discernir que no se ha viajado en el tiempo. A la salida del pueblo me
metí por una corredoira, como aquí llaman a los caminos que están encajados o
murados a sus lados. La feracidad de la vegetación y las dimensiones de los
árboles hacen que transcurran estos caminos en una potente sombra. No es
extraño que la imaginación crease todo tipo de seres, transeúntes de estos
caminos, habitantes de estas fragas, pues el escenario lo reclama.
Con la vista de algún prado donde pacían vacas rubias
entre la arboleda fui acercándome a Renche, parroquia muy antigua. Siguiendo el
curso del Oribio crucé Lastres y Freituxe, llegando a San Martiño do Real.
Desde San Martiño queda muy poco para Samos que aparece, de pronto, en el fondo
de un valle, a los pies del magnífico monasterio benedictino. Había recorrido
apenas once kilómetros pero con mucho sube-baja lo que sería ya, aquí en
Galicia, una constante. Anduve contemplando el monasterio y las casas que
bordean el río cuyas fachadas se reflejan en él. Tras un café que me reconforta
puse rumbo a Sarria.
Salí por carretera hasta Teiguín y desde este pueblo
por caminos, pistas y tramos asfaltados, llegaría a Gorolfe, Reiriz y Sivil.
Poco después, tras atravesar Perros y cruzar la carretera, enlazamos con la
variante de san Xil en Aguiada. De aquí a Sarria me quedaban 4 kilómetros y
medio.
Sarria es el km 0 para buena parte de los peregrinos a
Santiago dado que está a unos 115 kilómetros del destino peregrino y con 100
kilómetros ya se tiene derecho a la Compostela, indicativa de haber realizado
el Camino. Su calle Mayor se puebla a primera hora de la mañana, literalmente,
de peregrinos de todas las naciones del mundo. Desde aquí el Camino en bicicleta
debe ser más cuidadoso si cabe pues los caminos y sendas se hayan atestados, en
muchas ocasiones, de peregrinos a pie. El timbre avisador de la mulita casi
ardía.
Salí de Sarria hacia As Paredes pasando junto al
mirador, el Convento de la Magdalena y el cementerio. Poco después, crucé por
el puente romano de Áspera el río Pequeño y más adelante las vías del tren y
otro arroyo. Había un repecho importante entre castaños y una chica con un puesto
en el que ofrecía refresco a cambio de un donativo para peregrinar a Jerusalén.
Pasé por As Paredes rápidamente y luego por Vilei y Barbadelo. Es de notar como
aquí las poblaciones están muy juntas. Atravesé Mercado da Serra y me interné
por una pista ancha a través de un bosquecillo llegando a un paso sobre una
lámina de agua. Poco después me encontré con uno de esos regalos que da la vida
en ocasiones.
Paré a descansar bajo la sombra de unos árboles
cómodamente instalado sobre un poyo de madera. Observé como me rebasaban un
grupo de chavales que, guiados por un par de personas mayores, tenían el
aspecto de ser un grupo escolar. Entonces me fijé en una peregrina que bajaba
por el camino y que colocándose en el centro del camino abrió los brazos. También
me fijé en como la evitaban los chavales y sus guías. Poco después llegó a mi
altura y me ofreció un abrazo como saludo. Muy hippie ella me ofreció un
“abrazo húmedo” advirtiéndome con ello de los efectos del caluroso mediodía a
lo que respondí que no creía que lo fuera más que el mío y que en cualquier
caso me gustaría probarlo. Nos abrazamos y nos dimos el “Buen Camino” de rigor
continuando cada uno por nuestro sentido. Poco después, mientras pedaleaba
hacia Leiman, pensé en cómo es posible que incluso ofreciendo el bien la gente
desconfíe.
Continué atravesando pequeñas localidades cada
kilómetro aproximadamente hasta Ferreiros y desde este, comienza el descenso a
través de poblados como Mirallos, Rozas y Moutrás, donde está la tienda Peter
Pank. Poco después llegué a Vilacha y desde aquí, en vertiginoso descenso, a
Portomarín atravesando el puente romano-medieval. 48 kilómetros me avalaban
para comer lo que me diera la gana así que me dirigí al Mirador y allí, junto
al ventanal contemplando el embalse, ataque un entrecot que no se lo saltaba
Pîtingo.
Salí del restaurante y estaba la mulita sesteando
donde la dejé, a la sombra. Pronto me encontraba de nuevo pedaleando calle
arriba para fotografiar la Iglesia de San Nicolás, románica, trasladada piedra
a piedra desde su primitiva localización en el fondo del valle. Tras ello y
comprobando que no tenía fiebre enfilé por la carretera hasta Gonzar dónde,
tras 56 kilómetros di por concluida la etapa de ese día. Me quedaban únicamente
unos 89 kilómetros a Santiago y aun fuerzas de sobra.
Capítulo 12
Pasando frío en julio
Gonzar
(Lugo). 10 de julio de 2015.
En fecha tan señalada, festividad de San Cristóbal,
santo inexistente dedicado a transportar niños de un lado para otro y que es patrón
de transportistas, buhoneros, piratas, conductores, butaneros y demás gente que
no existe, dejé el albergue de Gonzar a temprana hora.
Antes de comenzar con la narración de la ruta deseo
incluir una nota que encontré clavada en un pino y decía así: “La gente es la
ostia. Así, generalizando y eso que no me gusta. Llegué al albergue ¡Bueno! más
bien me han acogido amorosamente creyendo que necesitaba hasta puntos de sutura
por las quemaduras del sol, situación que con dos birras con limón ha quedado
aclarada. Bien. Entro en la sala y me encuentro un grupo de guiris, de diversas
edades y sexos muy variados, dormitando a las 7 de la tarde. Me ha dado un
vuelco el duodeno. Recordando a mi sargento primero Trallero he pegado una voz
de mando con la que dos coreanas se han descalabrado, un alemán se ha desnucado
al caer de la litera y el resto anda persiguiéndome por el monte cercano. Llevo
un bastón clavado en un costado pero no me atrevo a retirarlo por si me
desangro. ¿Creéis que si me quito el bombín seré más difícil de localizar?
Tengo que dejaros: el SEPRONA ha soltado a los perros”.
Salí de Gonzar por el arcén izquierdo y en pocos
metros me fui por un camino que salía a la izquierda hacia Castromaior. A las
afueras hay un gran castro prerromano. Posteriormente seguí hacia Hospital da
Cruz donde se cruza la N540. Ventas de Narón es el pueblo siguiente, muy pequeño
pero en el que me ocurrió una anécdota curiosa. Estaba reponiendo agua en una
fuente junto a la ermita cuando hoy un coche acercarse. Levanté la cabeza y vi
que se trataba de la Guardia Civil y tras ellos una especie de nube de humo que
procedía de la dirección por la que debía seguir hacia Ligonde. Primero pensé
que sería un fuego y que los guardias no me permitirían pasar. Cuando los
guardias pasaron sin decir nada recapacité, fijándome más detalladamente para
llegar a la conclusión de que era niebla. Una niebla espesa, lechosa que se
derramaba desde el alto, ascendiendo desde los valles que cubría empujada por
el viento oceánico. Lo que era una mañana común, con sol, calurosa como son los
mañanas de julio se convirtió, de súbito, en una mañana de otoño, fresca y
húmeda.
Comencé la rodada poniéndome un chaleco ligero e
impermeable. Los primeros kilómetros eran cuesta abajo y me dejaron con los brazos
chorreando agua condensada así que, tras pasar el crucero de Lameiros, paré en
Ligonde para tomar un cafetito y calentarme un poquillo. Más animado seguí
camino atravesando poblaciones hasta Palas de Rei en la que paré para desayunar
de nuevo y sellar la credencial en San Tirso, que estaba en obras. Saliendo de
Palas el Camino, en continuo sube y baja, pegado a la geografía gallega, iba de
un pueblito a otro, de un río a otro, de un valle a otro por corredoiras
espectaculares. Antes de Melide, vi el Cabazo de Leboreiro, un enorme capazo de
piedra que, como los horreos, sirve para conservar el maíz.
La llegada a Melide era ya muy deseada. El hambre
apretaba aunque eran las doce de la mañana y había recorrido unos 30
kilómetros. Un caldo gallego y una ración de pulpo me trajeron de nuevo al mes
de julio de 2015 pues, hasta el momento, andaba vagabundeando por lugares y
tiempos distintos y más fríos.
La mula, que esperaba paciente entre motorizados
engendros, se alegró de verme de nuevo aunque presumía que yo pesaría algo más.
Iniciamos la salida de Melide y por un bello entorno atravesamos diversas
poblaciones hasta Boente a cuya salida encontré una dura cuesta que solventé empujando
la mula. Tras cinco kilómetros de pistas vecinales y tramos asfaltados más me
hallé a las puertas de Arzúa donde decidí parar para que descansase la mula en
una placita sombreada por plátanos.
Salí de Arzúa por la rua do Carmen que me llevó,
cuesta abajo hasta un arroyo. Un poco más adelante había otro arroyo que partía
en dos un prado en el pacían unas vacas remolonas a la derecha del camino.
Continué por una pequeña cuesta arriba y antes de entrar en el pueblo de Pregontoño
me encontré con un anciano que me preguntó en correcto gallego “si había visto
unas vacas en el prado de la izquierda”. Yo le dije que las vi en el de la
derecha según llegaba de Arzúa. Luego me comentó que no me veía muy en forma a
lo que tuve que asentir. Estuvimos un rato charlando, yo remedando el gallego,
él hablándolo como si fuera su lengua materna, tras lo cual me despedí y
continué hacia Taberna Vella. Tras atravesar la N547 por un túnel, un paisaje
alternado de prados y manchas de eucaliptos me llevaron a pasar por Taberna
Vella y Calzada. En Calle paré a tomarme una cerveza con limón, premio a una jornada
corta pero dura. Le dije a la propietaria del bar que iba hacia Santa Irene, al
albergue y me dijo que estaría lleno pero que probase en A Salceda que había
uno recién abierto que conocía poca gente. Le agradecí la información y
encaminé las ruedas de la mula hacia allá.
En efecto en A Salceda había un albergue nuevo, el
Albergue de Boni, en el que me alojé siendo el propietario todo un personaje,
simpático y buena gente. Esta penúltima etapa me había llevado por continuos
subebajas a lo largo de 57 kilómetros quedando únicamente para Santiago unos 28
kilómetros. ¡Tenía la meta en mi mano!
Capítulo 13
Un bicigrino a pie
A
Salceda (A Coruña). 11 de julio de 2015.
Con apenas 28 kilómetros por delante, salí tranquilamente
aquella mañana neblinosa, húmeda, tan propia de aquella tierra como normal para
los paisanos. Cuando salí del albergue sólo quedaban las paredes en él, como la
escena de un teatro abandonado. Desayuné en un bar que no se encontraba lejos
del albergue y vi el encierro de sanfermines con temple torero mientras mojaba
unas magdalenas en el café con leche. Tras pagar y despedirme salí con la mula
hacia Santa Irene, pasando primero por O Empalme, atravesando un bosque de
eucaliptos al que sólo le faltaban los koalas colgando para parecer una postal
de Brisbane.
En Santa Irene paré a cargar agua en la botella y
continué aprovechando la cuesta abajo. Pronto seguía el Camino por una pista
asfaltada camino de O Pedrouzo y en este pueblo ya sólo me quedarían 20
kilómetros. Lo recorrí y me interné de nuevo en el bosque de eucaliptos hasta
San Antón. Al salir de San Antón me dirigí hacia Cimadevilla, con una larga
subida que una vez pasado el pueblo hay que continuar hasta llegar a una pista
paralela a la A54. Iba entre la A54 y la alambrada perimétrica del aeropuerto
repleta de cruces de madera. ¡Tranquilos! Cosas de peregrinos no de adoradores
del vudú.
En un suspiro estaba en San Paio donde paré a sellar
la credencial en la iglesia, prácticamente tomada por las huestes del ejército
peregrino. Había un corto repecho y tras una curva cerrada se llegaba al arroyo
de Lavacolla donde los peregrinos se lavaban, antaño, antes de entrar en Santiago.
Después de aquí, a unos 10 kilómetros de Santiago, el Camino se hace muy
favorable pasando junto a los centros de las televisiones autonómica y estatal.
Y de aquí a San Marcos, una urbanización a los pies del Monte de Gozo.
Desde el Monte de Gozo tenemos la primera panorámica
de Santiago que ya está al alcance de las piernas. Un breve descanso rodeado de
fervorosos católicos, peregrinos y viajeros de toda laya, y la mula ya me está
pidiendo senda de nuevo.
Entramos, tras 12 días, en Santiago por la rúa das
Casas Reais hasta la Praza Cervantes. No tiene pérdida. La riada humana conduce
hasta la plaza del Obradoiro a través del Arco de Palacio. Hay quien llora, hay
quien baila, hay quien se pellizca y hay quien, como yo, se va a buscar la
tienda del bicigrino para enviar la bici a casa porque una fachada llena de andamios
no me impresiona mucho. Tras entregar la bici y las alforjas en una agencia de
transporte, saqué billete para mi regreso a casa y me fui a comer y beber algo
por Santiago. Turismo gastronómico que se llama en las guías entendidas.
780 kilómetros en 12 días es un esfuerzo que merece la
pena para conocerse a sí mismo.
Epílogo
Para este primer viaje en bici elegí el Camino de
Santiago pues ya lo conocía a pie, está muy señalizado y muy bien documentado
en todo tipo de medios. Podrá parecer una exageración pero el mayor impedimento
que encontré en todo el viaje fue el detallado en el primer capítulo relativo
al acceso al tren. Se halla completamente al albedrío del responsable del
convoy por lo que si no quiere, no subes. Así de fácil. Esto nunca me ha pasado
en autobús.
Pero lo importante del viaje, lo realmente importante,
es la sensación del viajero. ¿Qué más dará el camino sin viajero que lo
recorra? ¿A quién mostrará su hermosura?. Así fui pasando, paulatinamente, de
los bosques y prados pirenaicos a los viñedos del solano o a las llanuras de
cereales vestidas o a los bosques de eucaliptos y carballos de la Galicia
encantada. Fui refrescándome el alma en decenas de fuentes de todo el Camino,
acalorándome al calor del mediodía en las llanuras castellanas, disfrutando de
la sombra de árboles en León, del frescor de la pared de la iglesia en pueblos
de la Rioja, del misterio de las corredoiras gallegas, del encanto de las
sendas navarras. Y el Camino seguía siendo camino cuando lo dejé pero yo ya no
era el mismo que lo comenzó.
Los que estamos habituados a dividir el mundo en
superficies no podemos disfrutar de los paisajes en toda su esencia. Vemos a
nuestro alrededor superficies en fachadas, calzadas, calles, carteles. Vemos
superficies mientras nos atruenan los vehículos, los avisadores de los
semáforos, las voces amalgamadas de miles de personas, fuentes de agua
reciclada, naturaleza prisionera en jardines. Vemos superficies en barras de
bar, en rostros. Vemos líneas confluentes que dirigen nuestra mirada hacia
otras superficies. Siempre superficies. Por ello, nuestra mirada es
superficial. No vemos más que con los ojos y para mirar hace falta el ser.
Mirar es un efecto del logos, esencia del ser. Y es comprensible cuando se
contempla, cuando se mira con sentimiento y cuando se disfruta con el logos de
un paisaje. Un bosque sobre una ladera no debe verse como una superficie única,
una mancha de colores, sino como una formación viva, con profundidad. Cuando se
contempla la posibilidad de estar ante un conjunto de seres vivos, en
crecimiento, en variación constante; cuando se es consciente de que el bosque
sobre la ladera que comenzamos a mirar hace unos minutos ya no existe, sino que
ha sido reemplazado por esta nueva formación que contemplamos ahora acompañados
del rumor del agua en una fuente o arroyo, de los insectos alrededor, del
crecer de la hierba, de la temperatura, de los pájaros con sus cantos... Lo
mismo podría decirse de los campos cultivados por el hombre, de esos campos
industrializados en los que se fuerza a la naturaleza a dar unos frutos
concretos y no otros. Aparentemente, ahí la naturaleza está forzada pero yo
opino que es el hombre quien ha tenido que llegar a un pacto con ella para
obtener los mejores frutos en cada caso: no todas las tierras son aptas para
cada fruto ni todo fruto es apto para todas las tierras, como indicaría
Columela. Y aun así, podemos contemplar en su singularidad las enormes
extensiones de cereales de Castilla o los viñedos de la Rioja o la huerta
navarra, con sus notas características de color y aroma, con su luz propia y
podremos admirar cada uno de sus componentes: trigos acamados por el viento,
pámpanos mecidos por la brisa y hortalizas saciadas por las aguas cristalinas.
Recorrí el Camino sobre los pasos de miles de
peregrinos precedentes, sobre las losas de vías ya perdidas, de caminos
ancestrales que comunicaban valles abriéndolos al mundo, al comercio, al
conocimiento. Un Camino de sabiduría que fue perpendicular a los senderos de la
guerra que abrieron, con sus regueros de sangre, avaricia e ignorancia, la piel
de toro de norte a sur durante siglos.
Y el Camino seguirá siendo camino y yo dejaré de ser
lo que soy a cada momento, en cada pensamiento, con cada recuerdo.
Justo Barchino